Yuyarccuni Año II N° 2 Emanuel Rivera 301 comprender por medio del eje central de la malqui, y su directa función de rendirle culto, de la mano, con el trabajo de los yanas para los miembros de la panaca en torno a la elaboración de tejidos y artesanías, cultivos y chacras, y ganados; todo internamente cohesionado con la actividad de integrantes de la elite que se encargaban de los cuidados personales y el trabajo doméstico sobre la momia; con ello, sustentaban la estabilidad de su sistema redistributivo y mantenían su propia identidad como grupo privilegiado a través de generaciones. Espinoza (1997) infiere sobre la preocupación de los pobladores del Cusco que tenían por la conservación de sus cuerpos momificados, porque al ser quemados o destruidos, sepultarían su camaquem o fuerza vital. ¿Qué pasa con esta fuerza vital después de muerto? Nos dice que la etnia Huarpo, al sur del Cusco, concebía la reencarnación o transmigración del camaquem de un sujeto que acababa de morir a otro que recién nacía. Por tanto, es la muerte era un sinónimo de nueva vida y/o el paso hacia otra vida porque continuaban rindiendo culto al Inca momificado con diversas ofrendas y ceremonias. Dichas ofrendas consistían en comida, vestimenta, sacrificios, danzas, ruegos y procesiones. Luego de haber fallecido, se procedía bañar su cuerpo para purificarlo, se le sobaba con sebo y maíz blanco molido, mullu y otros ingredientes; para más adelante, vestirlo. Las técnicas de embalsamado eran parte de las prácticas de momificación de las etnias andinas. La forma de preparación del cadáver para luego ser momia culminaba con el envolvimiento de telas al cuerpo sin taparle el rostro, ya que se le ponía una máscara de oro. Dicho culto estaba relacionado al resguardo de su momia en sus respectivos aposentos, rodeada de sus esposas y yanaconas vivos, esto afianzaba su continuidad. Para el runa andino no había nada más angustioso que la desaparición de los cuerpos de sus antepasados, o pensar que el suyo propio iba a correr ese destino. Es comprensible la decisión de Atahualpa al bautizarse para no ser quemado, y lograr así, conservar su cuerpo y continuidad vital. La importancia del culto a los Incas momificados estaba relacionada a toda una coyuntura religiosa de esos tiempos. Lo anterior lo resaltamos porque implicaba cuidarlos y conservarlos, visitarlos por lo menos una vez al año para cambiarles de vestimenta y sacarlos para llevarlos cargados, en las espaldas o sobre una parihuela, procesional-mente rumbo a la comunidad para danzar con el cadáver. De esta manera, aseguraban el bienestar en su ayllu por medio de la protección de la deidad y su poder eterno entre los integrantes de las panacas.
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