Yuyarccuni : revista Interdisciplinaria de Estudios Históricos. Año 2, número 2 (2018)

Yuyarccuni Año II N° 2 Emanuel Rivera 299 mente ser transformado como ancestro permitiendo un bienestar personalizado de dimensiones cósmicas “illa”. Sherbondy (1988) planteó que el significado de mallki es “árbol cultivado”, esta referencia sustentada en los vocabularios y diccionarios coloniales, unto a fuentes orales recogidas. Esta relación estuvo implicada con el culto a los ancestros en torno a la raíz familiar que representaba el difunto en un ayllu y como este amparaba el simbolismo del árbol frutal que daba sus frutos, siendo los descendientes de una familia. Los antepasados eran enterra-dos en las tierras que formaban parte de la jurisdicción espacial del ayllu, es por eso que las mallkis eran el garante de la autoridad del ayllu sobre su espacio cuya utilidad económica giraba en torno a la actividad agrícola, mayormente. En suma, Sherbondy esboza un paralelismo entre el árbol andino y la momia de un antepasado, haciendo énfasis en la relación de ambos con el espacio sagrado de pertenencia, no solo por sus familiares, siendo el ayllu o una panaca, sino, por el vínculo con su enterramiento. Conrad y Demarest (1988) proponen que el culto unificado a los antepasados originó el apogeo y a su vez, el debilitamiento del Tahuantinsuyu. Este culto forjó una clase social formada por las panacas, quienes eran los descendientes por línea masculina del inca fallecido —siendo un error, porque eran de línea materna— y que estaban encargados, salvo el sucesor, del cuidado de la momia del difunto, como si estuviera vivo. Todo ello estuvo unido al pro-pio sistema económico con el que se mantenía el orden inca, creando una serie de intereses en torno a las panacas, constituyéndose un culto unificado de expansión. Estos autores subrayan que la posesión de las tierras cultivables mediante este mecanismo sometió a dicho orden a unas tensiones que no podían durar eternamente. Paradójicamente, la ascensión y caída del Tahuan-tinsuyo arrancaron del mismo fenómeno: los derechos de propiedad de los muertos. Alicia Alonso (1989) subraya que, a pesar de la gran parte de ocupación territorial andina de los incas, las prácticas funerarias locales perduraron con sus particularidades. Sin embargo, el orden jerárquico en la organización estatal estuvo conformado desde la realeza, elites y los hatun runa, manteniendo privilegios como el derecho a la momificación, siendo esta característica una diferenciación social del individuo ante la muerte. Las malquis o munaos, conformaron una consideración hacia los muertos y un prestigio social. Las crónicas señalan una semejanza entre las momias y los bultos, siendo considerados éstos últimos como fardo de ropa, fardo conteniendo las uñas y cabellos o como el cuerpo momificado del propio Inca,

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