Yuyarccuni Año II N° 2 Katty Bravo 29 La “Gran caza de brujas” marcó un cambio en la imagen del Demonio, comparada con aquella que podía encontrarse en las vidas de santos medievales o en los libros de los magos del Renacimiento. En esta última, era retratado como un ser maligno, pero con poco poder -por lo general bastaba con rociar agua bendita y decir algunas palabras santas para derrotar sus ardides- siendo su imagen la de un malhechor fracasado que, lejos de inspirar terror, poseía algunas virtudes. También era un trabajador que podía cavar minas o construir murallas de ciudades, aunque era rutinariamente engañado cuando llegaba el momento de su recompensa. La visión renacentista también lo retrataba como un ser subordinado llamado al deber, voluntario o no, como un sirviente al que se le hacía hacer cosas según la voluntad de su maestro (Federici, 2010, p. 257). Para darle rostro y cuerpo al Diablo se desfiguraron las prácticas y creencias no cristianas; de acuerdo al avance de la penetración del cristianismo en los países europeos, los pueblos mediterráneos, celtas, germanos, eslavos y escandinavos experimentaron una reformulación parcial de sus tradiciones anteriores en el nuevo panorama que se iba imponiendo. Una de las tácticas más eficaces de la Iglesia en relación con los conversos reales, fue demonizar a sus dioses. De esta manera, el demonio adquirió las siguientes características: “La barba de chivo, las pezuñas partidas, los cuernos, la piel arrugada, la desnudez y la forma semi-animal hacen referencia tanto al Dios grecorromano, Pan, como a Cernuno, el dios de origen Celta. Mientras que los senos de mujer proceden de la diosa de la fertilidad, Diana” (Levack, 1995, p. 56). Lo mismo afirma Merivale “del dios Pan parece haber tomado prestados los rasgos iconográficos como los cuernos, el vellón de macho cabrío que cubre todo su cuerpo, el poderoso falo y la gran nariz”.2 El diablo adquirió nuevas formas, casi siempre se le describía como una figura repulsiva, grande, bestial, hedionda y oscura; adquiría diferentes formas de animales, especialmente de gato y cabra, “animales asociados a rituales perversos de naturaleza sexual” (Silverblatt, 1990, p. 121). La doctrina sobre el Diablo con poderes casi iguales a Dios la fijó Santo Tomás de Aquino en Suma Teológica (escrita entre 1265-1274), sus planteamientos sobre la presencia de este ser adquieren un desarrollo casuístico durante el Siglo de Oro, tiempo en el que es indispensable un profundo conocimiento del mundo demoniaco para diagnosticar los casos en los que se producen pactos con el diablo, y al mismo tiempo para ofrecer los medios más eficaces en su protección y defensa. Surge un nuevo estereotipo del diablo y de sus seguidores, de esta manera se crea un 2 Patricia Merivale. Pan and the Goad – God. Cambridge: Cambridge University Press, 1969 (Citado por Muchembled, 2002, p. 28).
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