Yuyarccuni : revista Interdisciplinaria de Estudios Históricos. Año 2, número 2 (2018)

Yuyarccuni Año II N° 2 Maria Valdivia 259 mediante el ejercicio de políticas de miedo. La necesidad de “encuadrar” a la militancia implicó, en primer lugar, ofrecer pruebas tangibles de las persecusiones y vivencias en la prisión, con ello se dotaba de elementos identitarios, como prácticas que algunos críticos han dado en señalar de fascistoides o religiosas, por utilizar íconos como banderas, cantos, oraciones, entre otros. La experiencia prisional de unos y el exilio en otros, proveía de una considerable diferencia en la gestación de la identidad de la persecución. El exilio fue visto, incluso por sus máximos dirigentes, como una suerte de “vivencia menos complicada” que la prisión, más “intelectual” o incluso “privilegiada”. La prisión siempre fue observada como el “sacrificio” principal que dotaba al grupo de un ethos funcional, permitía su reagrupación en torno a elementos identitarios basados en el sufimiento o desaparición de sus miembros marcados por el anonimato de la muerte en las cárceles. Esta afirmación nos permite señalar que existieron fines diferentes en la literatura testimonial: el de aquel que escribe, el de aquellos que publicaron la novela e instrumentalizaron sus contenidos, y finalmente, las interpretaciones que realiza el lector, objetivo final de los dos anteriores. En torno al que escribe, la novela señala el contexto en que Juan Seoane y Melgar son apresados. El primero es acusado de ser el autor intelectual del intento de asesinato y el segundo, como el joven de dieciocho años, ejecutor fallido del magnicidio contra Sánchez Cerro. Se relatan las vicisitudes del preso político y los conflictos entre los poderes del estado para condenarlos a muerte, esperando una sentencia que no se ejecuta, así cada día sucede como el último, esto explica el por qué Seoane escribe tan de prisa; en el primer año de prisión, para ellos sólo existen dos posibilidades de condena: la pena de muerte o la cadena perpetua. Su proceso y sentencia duraron 75 días. Este primer momento describe el aislamiento en que se encuentra el preso político: habitaciones sin luz, sin papel para escribir, incomunicado con los otros, los olores son descritos como otra forma de tortura, la convivencia con los miasmas provenientes de su cercanía al silo. Todo conlleva a la construcción de una resistencia activa o la incredulidad sobre la vida carcelaria, como cuando Seoane recibe la noticia sobre su propia sentencia "me pregunto si es posible que ello sea verdad, sentado al borde de mi tarima, una y otra vez, me repito lo mismo. Leo los titulares, vuelvo a leer el texto y a mi me parece que o no soy yo quien lee o no soy yo el que está condenado" (Seoane, 1937, p. 67). En la novela aparecen los exponentes de la estructura carcelaria como un microcosmos social: el director, los guardias, los soplones (guardias o

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