Yuyarccuni Año II N° 2 Maria Valdivia 254 cios regidos por autoridades religiosas, los aspectos más sentidos giran en torno a la propagación del marianismo y el deseo de la militante a no ser considerada “mujer macho u hombruna”. Ambas realidades nos brindan evidencias sobre asuntos que en otras historiografías sobre la violencia ya se han hecho notar, como en el caso de la investigación sobre los sobrevivientes de los campos de concentración del nazismo. En este tipo de investigaciones se aprecia que “los relatos sobre la “criminales, prostitutas, los asociales, vagabundos, gitanos y homosexuales, hayan sido concienzudamente evitadas en la mayoría de las memorias encuadradas y no hayan practicamente tenido voz en la historiografía. Debido a que la represión de la cual son objeto es aceptada hace mucho tiempo […]” (Pollack, 1989, p. 13). Las cárceles de la República Desde la historia, ciertos aspectos de la experiencia carcelaria formaron parte de los argumentos más eficaces para la construcción del martirologio aprista, si bien habían existido conatos o levantamientos sociales, los presos comunes y presos políticos anteriores al aprismo, nunca llenaron las cárceles en su totaldad. Desde el siglo XIX, la prisión constituyó una expresión del poder disciplinar, ejercido por el Estado, destacándose que: El poder disciplinar está preocupado, en primer lugar, con la regulación, la vigilancia y el gobierno de la especie humana o de poblaciones enteras y, en segundo lugar, del individuo y del cuerpo. Sus locales son aquellas nuevas instituciones que se desarrollaron a lo largo del siglo XIX y que "vigilan" y disciplinan a las poblaciones modernas, oficinas, cuarteles, escuelas, prisiones […] (Foucault, 2012). En ese sentido, el Estado manifestó interés en mejorar el sistema de vigilancia en los presidios, entendido como una forma de disciplina, orientada a la normalización del individuo. Según el historiador Carlos Aguirre, durante los años 30, observó la existencia de diversos recintos carcelarios en América Latina. El crecimiento de estos espacios de control se relacionó con la emergencia de diversas dictaduras existentes en ese mismo período: Machado en Cuba (1925-1933), Leguía en el Perú (1919-1930) o la situación de los independentistas cubanos perseguidos desde fines del siglo XIX. Este mismo autor precisa que en el contexto peruano existieron alrededor de seis recintos para los presos comunes, sin embargo, la mayoría se llenaron con presos políticos principalmente apristas o comunistas. La cárcel de la isla del Frontón, el Sexto,
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