Yuyarccuni : revista Interdisciplinaria de Estudios Históricos. Año 2, número 2 (2018)

Yuyarccuni Año II N° 2 Giannino Rivas 187 Pero en el fondo, lo que se podía esperar de los arielistas era que asumieran el rol del típico joven limeño de sociedad, el mozo. Aquel que, como señalaba José Gálvez (1945), se había presentado usualmente en la ciudad: “Lima tuvo siempre para cada época y en relación con el estado del país, sus muchachos a la moda […] fueron los indispensables en toda reunión, en todo baile, en toda tertulia (p. 169). Y si bien algunos encajaron en esa descripción, como Víctor Andrés que “era de temperamento vivaz, elocuente, histriónico, orador nato, permeable, de fino humor, admirador de la belleza femenina, cálido (Gonzáles, 1996, p. 118). No ocurría lo mismo con el joven Riva Agüero que, por ejemplo, “tuvo una vida de introspección” (Jiménez Borja, citado por Gonzáles, 1996, p. 60). O el mismo Francisco García Calderón que era: En el trato cara a cara más bien hosco, quizá debido a su carácter introspectivo, producto de las experiencias ingratas que habían marcado su vida desde la más tierna infancia y que tuvieron efectos en su frágil psicología. [Daba] la impresión de que García Calderón prefería relacionarse con el mundo y las personas por medio de las cartas, los ensayos, salvo con su más íntimo grupo de amigos (Hampe, 2003 p. 33). Estas particularidades de introspección de algunos arielistas, así como el desenfreno de otro grupo irreverente de jóvenes como los mataperros fueron socavando la usual imagen de la juventud. Luis Alberto para esos años confesaba precozmente: “había empezado a saborear mi bohemia literaria antes de los dieciséis” (1967, p. 125). Como se ve, tampoco era un mojigato. Los colónidas Por aquel entonces las reuniones de la Protervia también fueron a la par de otro tipo de encuentros que se empezaron a dar en la intelectualidad limeña como era el de Colónida. Apareció ya, para este momento, a mediados de la segunda década del siglo XX, un grupo bohemio que con cierto diletantismo fue la expresión opuesta de los hogareños e íntimos “protervos”. Se contempla un desplazamiento de los jóvenes en la apropiación de su ciudad: tabernas, bares y paseos ya no les eran tan ajenos. En efecto, como decía del Águila, “Los jóvenes salían cada vez más a encontrarse en la calle, en los lugares públicos. Así a medida que la ciudad se fue modernizando y los espacios públicos resultaron más atrayentes para su juventud, disminuyó el hábito de la tertulia (1997, pp. 48-49).

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