Yuyarccuni : revista Interdisciplinaria de Estudios Históricos. Año 2, número 2 (2018)

Yuyarccuni Año II N° 2 Giannino Rivas 186 La Protervia Si bien la Protervia fue un fenómeno de algunos años después —ciertamente nació en 1916—, en otro contexto y con variables determinantes como el establecimiento de los hermanos García Calderón en Francia, el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, la vuelta de José Pardo a la presidencia en 1916 y el fallido proyecto de partido político de José de la Riva Agüero; se la considera en este apartado por ser el nombre que recibe la tertulia propiamente dicha del grupo arielista. Protervia venía de la combinación de las figuras inspiradas en el Coloquio de los centauros del poeta nicaragüense Rubén Darío. Como señaló Cesar Pacheco Vélez (1993) “protervo fue como mercurial; y protervia, la tertulia de los protervos” (p. 444). La analogía con mercurial hizo referencia al producto de estas reuniones, que fue la revista intelectual impulsada por este grupo y que vio la luz un año después. Estas tertulias también dieron espacio para los más jóvenes. Sánchez (1968), a propósito, señalaba: La protervia fue para nosotros, los jóvenes, un mundo importante y deslumbrador […] se discutía sobre cosas del día y sobre temas académicos […] nos reunía el tibio y fragante regalo de un chocolate hogareño […] Nosotros oíamos callados, a excepción de Raúl Porras, […] bastante más despercudido que nosotros (Sánchez, citado por Pacheco, 1993, p. 443). El testimonio de Luis Alberto Sánchez, de alguna manera, corroboró las ideas que había mencionado Capelo sobre las tertulias y la necesidad de estar en ellas, ya que “se aprende a imitar a los buenos, al ver la aureola que los acompaña, como para indicar su superioridad” (1895, pp. 266-267). Ese imitar y estar en el círculo de los protervos, para Sánchez o Porras —cinco o siete años menor— se cumplía a cabalidad. Lo cierto es que la Protervia como otras reuniones de los arielistas mantuvo el carácter íntimo de sus participantes como la preferencia por lo familiar y hogareño. Por otro lado, si bien acogieron a los más jóvenes, no se falta a la verdad cuando se señala que los principales novecentistas tuvieron comportamientos particulares. Siguiendo con Víctor Andrés Belaunde, decía que su “generación no tenía una peña o un encontradero, seguíamos visitando a los García Calderón” (1967, p. 287). Todo las más de las veces quedaba en el circuito del hogar y los centros de enseñanza, donde a lo más aprovechaban “las noches frescas y solo hasta las 10 de la noche” (Belaunde, 1967, pp. 272273).

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