Yuyarccuni Año II N° 2 Giannino Rivas 185 sentido, los ariestas todavía encontraban en las costumbres de las tertulias su espacio de predilección. Francisco García Calderón (2001, p. 500) rememoraba los encuentros en la biblioteca de su padre en la calle de la Amargura y las rutas literarias que mediaba desde ella a la casa de José de la Riva Agüero en la calle Lártiga (2001, p. 500). Luis Alberto Sánchez (1981) si bien perteneció a la generación posterior, conoció y estudió la camaradería juvenil de entonces: Don Francisco (padre) solía ceder este lugar a su hijo mayor (Francisco) y a la turba adolescente, embriagada de versos decadentes y de ideas americanistas. Esos amigos se llamaban José Gálvez, Felipe Sassone, a veces José Lora y Lora, Luis Navarro Neyra, Leonidas Madueño, Víctor Andrés Belaunde, entre los que no pertenecían a la Recoleta; los otros eran: su hermano Ventura, Riva Agüero, Lavalle, Barrios, los “recoletanos”. Francisco (hijo) distribuía lecturas y hacía comentarios. De hecho, se constituyó en el mentor del grupo (p. XIII). La distinción entre los que fueron recoletanos y los que no pertenecieron al colegio resulta interesante, puesto que muestra el magnetismo que tuvo Lima para los distintos círculos juveniles. Así, por ejemplo, se tuvo el caso de Víctor Andrés Belaúnde, que a pesar de provenir de Arequipa se acondicionó perfectamente, tanto que posteriormente recordará “con infinita nostalgia la Lima de aquellos tiempos, de costumbres patriarcales y de noches libres a la vida familiar, al diálogo amistoso” (1967, p. 337). Posteriormente Víctor Andrés trabajará en los archivos de límites de la Cancillería peruana hasta su ingreso a los estudios de letras en San Marcos. Eran tiempos de la “Belle Epoqué” (1900-1914), años de optimismo rampante donde se creía en el renacimiento peruano luego del descalabro político, económico y, sobre todo, moral que significó la guerra del Pacífico. La recuperación económica junto al orden y la estabilidad política iniciada al poco tiempo hicieron que estos jóvenes creyeran en una viabilidad de país: Francisco García Calderón Rey, a los 24 años, expresaba “Hemos deseado el progreso aun en contra del orden, sin comprender que el progreso solo se puede lograr con […] verdadero respeto por el orden establecido. El orden es, por lo tanto, el primero de los progresos” (1981, p. 200). Estas palabras, extraídas de su Perú Contemporáneo de 1907, son quizás el mejor testimonio de una juventud —de alguna manera idealista, se puede decir— que piensa en su país orgánicamente y en las formas de recuperarlo.
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