Yuyarccuni : revista Interdisciplinaria de Estudios Históricos. Año 2, número 2 (2018)

Yuyarccuni Año II N° 2 Giannino Rivas 184 las instituciones de enseñanza y los hogares. Estas formas de realización se potenciarán aún más con otros espacios y conductas que pronto la juventud limeña comenzará a adoptar. Las tertulias y los encuentros juveniles Para 1895 ya se encontraba el ingeniero peruano Joaquín Capelo manifestando que la tertulia o el salón era indispensable ya que daba “al hombre esa soltura de manera, esa naturalidad en sus acciones” (1895, pp. 266-267). En el Perú, las tertulias o salones eran un fenómeno antiguo y permanecieron —al menos durante la primera década del siglo XX— como espacios predilectos de encuentro. Como ha señalado Alicia del Águila: “las invitaciones a los salones eran rituales de reafirmaciones mutuas de pertenencia a esa “sociedad” (1997, p. 48). En una sociedad todavía tradicional, el hombre salía a trabajar mientras que la mujer recibía las visitas en casa: “las tertulias tenían un sentido coloquial más espontaneo e informal, en tanto que las visitas tenían un carácter más formal” (Del Águila, 2003, p. 102). Se fue abriendo, de esta manera, una diferenciación entre las vistitas y las tertulias propiamente dichas. Los jóvenes como José de la Riva Agüero, Francisco García Calderón Rey y Víctor Andrés Belaunde que irrumpieron en la vida intelectual limeña por sus trabajos, investigaciones e ideas recibieron múltiples denominaciones: novecentistas, futuristas y arielistas. Precisamente la última, la de arielistas, se debió a la contemporaneidad e irradiación de las ideas del escritor uruguayo José Enrique Rodó en sus trabajos. Rodó, considerado maestro de la juventud, había hecho de Ariel, personaje y, más que todo, símbolo de su libro, la figura que encarnó los ideales de una juventud unida y entusiasmada como la latinoamericana de inicios de la pasada centuria. Las adhesiones al llamamiento de Ariel fueron múltiples y el contacto que se tejió con los jóvenes intelectuales peruanos fue muy cercano: [Francisco] García Calderón empieza manifestando cualidades del juicio, o más generalmente, de la personalidad, que suelen ser el premio de largas batallas interiores, el resultado de una penosa disciplina de espíritu […] Yo veo en él una de las mejores esperanzas de la crítica latinoamericana (Rodó, 1917 [1903], pp. 3-4). Como se observa en la cita de Rodó, el escritor uruguayo esperaba muchísimo de la actividad intelectual de los novecentistas, tanto que decidió “ungir”, como diría Sánchez, la carrera de Francisco García Calderón. En ese

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