Yuyarccuni Año II N° 2 Giannino Rivas 183 Jorge Basadre, a propósito, señalaba que en la Lima del 900 “no había colegio inglés” y que, ante ello, su “madre tomo la decisión entonces de [matricularlo] en el Colegio Alemán” (2007, p. 54). El historiador tacneño estudió seis años (1912-1917) y, como relató, era un colegio que funcionaba desde 1910: “El Colegio Alemán de entonces era tan pequeño que no solo alcanzábamos a tener gran camaradería con los compañeros de clase, sino que conocíamos a los de otras promociones, sobre todo a quienes seguían sus estudios en los años avanzados” (2007, p. 59). Evidentemente eran colegios pequeños, pero de una preocupación por una sólida educación. Jorge Basadre pertenecía a la segunda promoción de su colegio. Otro joven y futuro filósofo, Francisco García Calderón Rey recordaba, a propósito de sus años en la Recoleta: “eran pocos los alumnos y numerosos los profesores” (García Calderón, 2001, p. 500). La Congregación de los Sagrados Corazones abrió en 1893 el colegio de La Recoleta, en honor al convento colindante de la plaza Francia. Con solo 22 alumnos al inicio y 125 ya para 1900, según Jeffrey Klaiber (1996, p. 227) se convirtió en el colegio por excelencia de la Lima del novecientos. El ambiente estuvo cargado de sendas lecturas y debates, los alumnos aprendían el francés desde pequeños y, como recuerda Luis Alberto Sánchez, que ingresó al colegio en 1908, comparándolo con la enseñanza católica española, no había “nada dogmático” La impresión de LAS fue la siguiente: Mire los cuadros de mérito, donde resaltaban los nombres de las anteriores promociones: José de la Riva Agüero, Fernando Melgar, Francisco García Calderón, Ventura García Calderón, Juan García Calderón, Juan Bautista de Lavalle, Eduardo Barrios Hudtwalker, Mansueto Canaval, Juan C. Gallagher, Fernando Ortiz de Zevallos, Alberto Benavides Canseco, Raymundo Morales de la Torre. Estos nombres me dejaron impasible (1967, p. 93). Para los jóvenes de la Lima de inicios del siglo XX, la educación escolar sumada a las bibliotecas familiares se convirtió en parte de un círculo o recorrido donde se afianzaron los lazos de empatía y camaradería generacional. De la misma forma que Francisco García Calderón recordaba el polvo de las bibliotecas como la mejor herencia que pudo tener su generación, Luis Alberto, algunos años después, sentenciará “la educación que trataban de darme mis padres era la de un príncipe” (Sánchez, 1967, p. 100). Se puede afirmar entonces que se presentó pasada la primera década del siglo XX una forma de sociabilización y, sobre todo, de realización personal y grupal dentro de la juventud, donde el circuito urbano limeño la propicia por la cercanía a
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