Yuyarccuni Año II N° 2 Giannino Rivas 182 Valdelomar como asistente de José de la Riva Agüero o de Julio César Tello en la Biblioteca Nacional con Ricardo Palma y finalmente el de José Carlos Mariátegui. Los grupos populares fueron, sobre todo, los grandes propulsores del otro lado del cambio que atravesó la ciudad. Según señalaron Carlos Contreras y Marcos Cueto (2000) ya para el Censo de 1908, de los habitantes “el 58.5 % no habían nacido en Lima”. Provenientes del interior y de las colonias extranjeras —chinos, sobre todo, con cerca de 5000 habitantes—, la urbe limeña creció. Si bien ya existían distritos pensados para los grupos obreros (La Victoria, por ejemplo, creado en 1896), el Cercado y sus cercanías permanecieron como atracción de los nuevos sectores populares. Malambo, el Mercado Central y el callejón Otayza (hasta antes de su derrumbamiento), empezaron a captar gran número de personas. Según las estimaciones del momento había 3465 callejones (Muñoz, 2001, p. 54), repartidos principalmente en la zona oeste del Damero de Pizarro, en los alrededores del actual jirón Puno y la avenida Grau. Precisamente, dentro de ese circuito urbano limeño que se expandía, nació Luis Alberto Sánchez un 12 de octubre de 1900. Proveniente de una familia de clase media extendida entre el pierolismo, el cacerismo y el civilismo —como la mayoría de ese tipo en aquel momento— Sánchez fue hijo único de una familia con raíces especiales. La casa de su familia quedaba en la calle Monopinta, cerca lo que actualmente es el jirón Caylloma, luego se trasladó a una más cerca de la plazuela de San Marcelo. La educación Tras el descalabro de la Guerra del Pacífico y el quiebre de las bases económicas y políticas, el país había experimentado un periodo de renacimiento a partir del controvertido contrato Grace que auguró tiempos más calmados y, de alguna manera, esperanzadores. Las familias de los grupos dirigentes vieron en la educación la llave para concretar definitivamente los buenos augurios para el país. Muchas familias decidieron enviar a sus hijos a instruirse al extranjero, otras, empobrecidas, no tuvieron más remedio que enseñarles aquí. Para ello hicieron “venir al Perú a formadores y educadores europeos” (Klaiber, 1996, p. 200) y los que mejor representaban ese criterio eran las órdenes religiosas o laicos europeos. Estos grupos prefirieron órdenes no españolas, de escaso poder más allá del colegio (Klaiber, 1996) donde se aprenda lenguas europeas (Basadre, 2007).
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