Yuyarccuni : revista Interdisciplinaria de Estudios Históricos. Año 2, número 2 (2018)

Yuyarccuni Año II N° 2 Andrés Gálvez 156 Un caso emblemático en el que reaparece el imaginario de la calavera en el presente es la celebración de “las ñatitas” celebrada en el presente en la octava de noviembre para Todos Santos, congregando miles de personas a la zona del cementerio de La Paz en torno a las calaveras conservadas por familias urbanas de sectores populares. Las familias de los difuntos toman sus calaveras para brindar y comer con ellas, incluso en presencia del cura quien también participa bendiciéndolas al momento que las gentes se las llevan a sus casas para ser puestas en un altar (Rivera C. y el Colectivo, 2010). Las asociaciones pictóricas presente en las obras de los artistas revisados, cual, si fuera un diálogo teórico, resulta altamente provocativa. Cual, si fuera una táctica en la que se estuviera domesticando a las elites coloniales respecto a la importancia del culto a los muertos a través de esta exaltación de la calavera, al punto en que lograron legitimarlas en algunos espacios de la región andina, ensanchando ese espacio fronterizo que permitió hacerla convivir con la estructura eclesiástica. Como afirma Rivera Barrantes (2017) en su estudio sobre el culto a las momias incas en los principios de la época colonial, la sociedad andina afianzó la conservación y culto de los cuerpos de los inkas para la preservación de su orden político sobre el espacio. La pronta destrucción de esta práctica ritual habría repercutido en la elite cusqueña y población indígena en general, cuyo corolario habría sido la continuación de la extirpación de idolatrías y la consolidación de la iglesia católica en los Andes. Sin embargo, la importancia del culto a los ancestros es un elemento muy importante todavía en las sociedades andinas que heredamos de diversas maneras en nuestro presente gracias a la labor que llevó a cabo la población india sobreviviente a los exterminios del siglo XVI, “proeza civilizatoria” en que pusieron un límite a la barbarie colonial marcada su ausencia de civiliza-ción. Así, en los albores de la colonización europea, y por las clases marginales de las ciudades mestizas que elaboraron una vida económica informal que llegó a incluso consagrarse por la corona española, desarrollaron una forma de hacer “vivible lo invivible” (Echeverría, 2002). Desde una “lógica de relacionalidad del todo” propia de la filosofía andina (Estermann, 2011), la población andina apostó por la domesticación de los dioses impuestos, en la que desplegaron el mismo recurso de incorporación de la otredad que ejercían en tiempos pre-coloniales: el parentesco. La táctica de la seducción –cuyas protagonistas eran las mujeres de la panaka– con la que la sociedad inka se apropiaba de las wak’as de las etnias conquistadas, se transformó en pavor y shock epistémico al contacto con los colonizadores (Rivera C., 2015), pero que supo conformar “un ethos interpe-

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