Yuyarccuni : revista Interdisciplinaria de Estudios Históricos. Año 2, número 2 (2018)

Yuyarccuni Año II N° 2 Andrés Gálvez 148 De esta manera aparece la china, la mestiza, la pobre, que constituyó el “oscuro objeto del deseo” de los españoles, criollos y hacendados, iniciando a los hijos de la familia en la vida sexual, siendo además quien ocupara el espacio de la madre, en tanto “nana” (niñera) (Montecino [1991], 2007). Sin embargo, la actividad del mestizaje no siempre estuvo marcada por esta honda huella patriarcal, pues, como expresa Rivera (2010) en un ensayo en el que interpreta las relaciones de poder de género de las sociedades andinas, la actividad del mestizaje no se restringe a la temporalidad colonial, pues dicho fenómeno resultó ser un eje central en la práctica de parentesco y de convivencia social en la región andina. Figura 12. “Alférez y su cofradía saludando a San Pedro”, Fiesta de San Pedro de Loncura, 2016. Fuente: Archivo personal. Fotografía de Valentina Guajardo. Tomando como marco de análisis el estudio de Zuidema (1989) sobre la genealogía paralela de dos sociedades diferentes: el ayllu como esfera de poder masculino que circulaba por herencia sanguínea, y la panaka como esfera de poder femenina de lazos de afinidad; Rivera se centra en la suerte de “cogobierno femenino” que fuera protagonista de la coexistencia de diversidades en una unidad territorial y política. Las dinámicas de parentesco desplegadas por el Tahuantisuyo, todavía válidas para algunas sociedades andinas del altiplano, significaban la articulación entre seducción y guerra, en tanto las campañas de expansión inka implicaban un intercambio de mujeres con las etnias conquistadas. El “esquema de simetría asentado en la unión de dos estructuras asimétricas complementarias” Zuidema (1989) significa una resolución de la diferencia de atributos biológicos sexuales, fundando una doble jerarquía de género, sistema capaz de balancear intercambios simbólicos a través

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