Yuyarccuni Año II N° 2 Andrés Gálvez 145 un montaje escénico que incluye la entonación del himno nacional, la presentación de la cueca de salón –danza nacional oficial impuesto en la última dictadura– por grupos disfrazados del “huaso chileno” que suelen asistir montados a caballo, además de la música embazada “religiosa” (como los villancicos en época navideña) amplificada por parlantes que se impone al canto a lo alférez. En otras palabras, se suele desplegar en paralelo a los Bailes Chinos un discurso hegemónico desde donde se busca imponer una identidad maniquea de lo chileno como “comunidad imaginada” (Anderson, 1983) anclada a los sucesivos proyectos modernizantes e ilustrados de la elite dominante chilena (Montecino 2007). Queda así manifiesta y grabada en nuestras retinas la imagen conflictiva y nunca sincrética latente en cada fiesta, en la que los abigarrados entramados comunales que viven esta geografía son atravesados por las políticas de estigmatización y borramiento que pretende transformar la “barroca topografía social colonial en llanos espacios nacionales” (Grosso, 2012, p. 20). Sin embargo, la bandera nacional no sólo está presente junto a la bandera del Vaticano dentro de la iglesia, o acompañando a los “huasos chilenos”. El/la alférez se pone frente a las imágenes patronales sujetando una bandera chilena que no será flameada, sino más bien doblada, en despliegues y repliegues que el/la abanderado/a realiza junto a sutiles gestos demostradoras de humildad y hasta sumisión, pero que resulta en explosión de voces y emociones cuando este le canta al Santo o a su chinita, avivado por el coro de sus chinos/as. Canto que permite incluso, poetizar en forma contestataria a los poderes hegemónicos presentes ahí mismo en la fiesta. De esta forma, en medio de esa lucha simbólica, aparece la episteme comunal de los/las chinos/as en una lógica combinatoria en que las dos sonoridades descritas –la prehispánica y la europea– son engarzadas a través de sutiles gestos que realizan tanto alférez como el resto de los/as chinos/as, en un sentido práctico que ha permitido a lo largo de 500 años alzar la voz subalterna literalmente en frente de los curas, patrones de hacienda y autoridades políticas. Se trata de un “estado de cuerpo” más que un “estado del alma” dadoras de un sentido práctico de una necesidad social materializada en esquemas motrices y automatismos corporales (Bourdieu, 2007). Este taki-thaki, canto y camino de los chinos y chinas, disputa el privilegio de la palabra dentro y fuera de la iglesia, en donde los poetas/cantores saben también “poner de su cosecha”, es decir, añadir a la “historia” de las escrituras bíblicas su propia “historia” de sentires y deseos para pedir por los enfermos, rogar por lluvias, implorar consuelos, lanzar un chiste, contar una
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