Yuyarccuni Año II N° 2 Andrés Gálvez 144 “andino-urbanas” –lakitas, sikuris, entre otras– la mayor parte de integrantes de esta cofradía la ocupan mujeres, por la sencilla razón de que son ellas quienes han sido las más entusiastas para implicarse en mantener la llama viva de esta espiritualidad propia de estos valles. Figura 11. Flauta y tambor. Fiesta de San Pedro de Loncura, 2016. Fuente: Archivo personal. Fotografía de Valentina Guajardo. En lo que a mí concierne, mi acercamiento a esta espiritualidad mestiza partió por una curiosidad esencialista y exotizante que radicaba justamente en lo peculiar que resulta comprobar el sonido de una flauta familiar de la mapuche en medio de la esfera religiosa católica. Me sentí profundamente interpelado por los chinos desde la primera vez que bailé para una fiesta de San Pedro. Tanta era mi soberbia eurocentrada que no era capaz ni de repetir los versos que entonaba el Alférez. Me costaba darles la cara a las imágenes descolonizadoras latentes en estas fiestas. Sin embargo, las fiestas y los viajes continuarían, confrontando mi habitus colonialista en cada procesión, iglesia, o cuadro religioso al que me exponía. Así, de vuelta de un viaje por Perú y Bolivia, el cuerpo estaría preparado para reinterpretar las contra-dicciones vividas en los Bailes Chinos, y ver de cerca las manchas de lo que de lejos parecía un sincretismo. El sonido reverberante de las flautas, la hiperventilación pulmonar, el ejercicio muscular de las mudanzas, las horas de procesión, la imponente multitud que encarna y personifica a las clases subalternas en forma celebratoria, se toman gran parte del espacio de la fiesta. La otra cara de esta descripción de la fiesta la ocupa la misa parroquial que no pocas veces es seguida por
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