Yuyarccuni Año II N° 2 Andrés Gálvez 140 Bailes Chinos. Entre flauta ancestral y la palabra colonial En los Bailes Chinos la mayor parte de los y las participantes componen un instrumento colectivo de flautas chinas, instrumento de viento de un solo orificio de resonancia compuesto por dos diámetros yuxtapuestos que los etnomusicólogos denominan tubo complejo. Como lo describiera Pérez de Arce (1997, 2017), se presenta en este ritual una reactualización del “sonido rajado”, cuya acústica es herencia de una tradición que se remonta a más de 3.000 años, vinculando las antiguas culturas de la costa peruana de Paracas y Nazca, con San Pedro, Diaguita, Aconcagua y Pikunche de la zona central de Chile. Este soporte sonoro ha pasado inalterado –aunque con otros soportes materiales– a las fiestas de Bailes Chinos, así como también a la pifilka o pufulka mapuche. La sonoridad estridente ajena a todo canon musical europeo es reproducida por dos filas de flauteros/as, ejecutándolas a modo de pregunta-respuesta a ritmo marcado por el bombo y la percusión de uno/a o dos tamboreros/as. Este/a último/a es quien tiene la particular autoridad de ejecutar ciertas maniobras corporales llamadas mudanzas que los/las demás integrantes deben seguir estrictamente al mismo tiempo y ritmo con que ejecutan las flautas, al son del tambor. Estas incluyen repetidas secuencias de flexiones de piernas que requieren de una importante capacidad física la cual es vista como una ofrenda corporal a la imagen tutelar de cada fiesta. Cual doble serpiente que revive en cada procesión, este cuerpo polifónico corporalmente sincronizado, articulado a otras cofradías de Bailes Chinos (y/o bailes danzantes, morenadas, diabladas, dependiendo de la fiesta), se desplaza durante horas acompañando la imagen sagrada llevada en andas, cuyo comienzo generalmente es la iglesia donde se halla dicha imagen, prolongándose a las calles y caminos que la circundan, en un continuo que desconoce las habituales restricciones del territorio y la obligación del trabajo. Esta autoridad corporal que encarna el/la tamborero/ra, está mediada por otra particular autoridad: el/la Alférez portador/a de una bandera generalmente “chilena” y casi siempre jefe o jefa de la cofradía. Este/a abanderado/a despliega el canto a lo divino: canto poético improvisado que toma la estructura de las cuartetas y décimas que se introdujeron en Latinoamérica durante la temprana colonia. A cada estrofa cantada, los y las chinas de su cofradía deben repetir los dos últimos versos coreando a todo pulmón, agachando la cabeza y llevando la flauta al contacto con el suelo. Este canto deriva tanto en contrapuntos como saludo a las imágenes. El primero corresponde a la interlocución a través de cuartetas entre dos alféreces
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