Yuyarccuni Año II N° 2 Andrés Gálvez 138 adoptar ideologías igualitarias y al mismo tiempo escamotear los derechos ciudadanos a una mayoría de la población” (p. 19). En contextos coloniales, dice la autora, los eufemismos y ficciones toman el lenguaje de las palabras encubriendo la realidad, de manera que es en lo “no dicho” donde encontramos auténticos significados y “el lenguaje simbólico toma la escena” (p. 13). Ahora bien, “en todos los periodos de la historia, la imagen ha servido como instrumento de construcción de imaginarios colectivos o desmontaje de los mismos” (Rivera y el Colectivo, 2010, p. 23), por lo que es fundamental centrarse en la relación entre las formas de producción y acumulación económica con las formas de producción visual como vía del discurso hegemónico. En este sentido, las imágenes impuestas por los colonizadores, sobre todo el de tipo religioso que expresaba dicotomías como cielo-infierno, muerte-vida, dios-diablo; implica una forma de disciplinamiento cultural para los indios, los cuales, sin embargo, reinterpretaron estas representaciones oposicionales, adoptando el panteón cristiano (Santísima Trinidad, Virgen María, todos los Santos y hasta el Diablo) a “un conjunto múltiple de deidades de la tierra, produciendo así una forma sutil de resistencia” (p. 25). La sociología de la imagen, propuesta metodológica desarrollada por Silvia Rivera, resulta una hábil propuesta para interpretar las resignificaciones y subversiones que anclan nuestro imaginario mestizo a una resistencia indígena ante la hegemonía colonial y postcolonial. Esta metodología se orienta a abordar toda práctica de representación, la “totalidad del mundo visual” (Rivera., 2015, p. 21), desde imágenes de archivo, arte pictórico, dibujos, textiles, registro fotográfico y video, así como también representaciones colectivas sedimentadas en el espacio urbano (Halbwachs 1997). Estas visualizaciones se alternan con el texto en “un tránsito entre la imagen y la palabra” (Rivera C., 2015, p. 176) para crear una artesanía de montaje creativo a partir de la propia experiencia vivida. Lejos de pretender ser una práctica de representación exotizante de “sociedades otras” para reportarlas a la “sociedad urbana/académica”, esta praxis metodológica pretende ser un ejercicio para tomar distancia y desfamiliarizarce de las naturalizaciones rutinarias, es decir, de problematizar el colonialismo interno. Esta “artesanía intelectual” en la que inscribo mi perspectiva investigativa se sustenta en una epistemología que Rivera C. (2015) elabora en su búsqueda de una “genealogía intelectual propia” desde donde dar una mirada teórica particular y autónoma a la totaldad. En este sentido, en dialogo y debate con otros autores que reflexionan sobre el barroco andino, la autora se aleja de las nociones de sincretismo e
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