Yuyarccuni : revista Interdisciplinaria de Estudios Históricos. Año 2, número 2 (2018)

Yuyarccuni Año II N° 2 Andrés Gálvez 137 a las comunidades inter-locales para una procesión de fiestas a través de un calendario religioso a celebrar en una determinada calle, pueblo o ciudad, a su Santo Patrono o Virgen tutelar. Me refiero a los Bailes Chinos, cuyas cofradías más antiguas fueron fundadas en los albores de la colonización europea teniendo como principio histórico a Andacollo, localidad del norte chico que confinó la diáspora de múltiples comunidades étnicas para las encomiendas mineras y la consolidación de la economía mercantil en el siglo XVI. Hoy en día la fiesta de la Virgen de Andacollo –la “chinita” – congrega en sus dos salidas anuales a miles de peregrinos, famosa por ser la procesión religiosa más grande del país junto con la fiesta de la Virgen de La Tirana, celebrada en la región del Tarapacá, y cuya custodia en cada procesión, al igual que para Andacollo, es estrictamente reservada por una cofradía del Baile Chino local. Una sociología de la imagen del Baile Chino Como primer antecedente teórico contemporáneo que se aproxima a este tipo de expresión ritual en Chile, destaco la interpretación de la modernidad barroca que Morandé (1984) utiliza en su cuestionamiento al proyecto modernizador dominante (en plena dictadura militar chilena), en el que describe una “cultura mestiza” de matriz precolombina que se resiste a la síntesis forzada desde tiempos coloniales hasta la actual hegemonía neoliberal. Cobra aquí relevancia la ritualidad y la oralidad como ámbito de la memoria que se cultiva como fuente interpretativa de nuestra realidad histórica, descubriendo y desmántelando los sesgos de la producción textual oficial e ilustrada. Según Morandé (1984), lo dramático-sacrificial y el carácter cosmocéntrico que se expresa en el ethos barroco latinoamericano marcan rupturas con la historicidad cronológica dominante, abriendo un devenir histórico alterno con su propio marco de comprensión. La historia es aquí contada desde el rito que reactualiza los mitos escatológicos, recreando la historia en forma cíclica e interminable, como tal es el caso del barroco reinterpretado en Latinoamérica (Alvarado, 2016). En contraparte a esta historicidad cíclica y ritual, la historicidad hegemónica, anclada a la palabra pública oficial y al archivo textual, resulta en un registro ficcional que encubre la violencia de status heredada desde la colonia por medio de la idea ciudadana e ilustrada de contrato, corriendo “tupidos velos” de violencia en los que la palabra pública se disocia de las prácticas (Montecino, 2007). Al decir de la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui (2010), se trata de una “doble moral” que reactualiza la violencia del colonialismo interno donde “las palabras no designan, sino encubren, y esto es particularmente evidente en la fase republicana, cuando se tuvieron que

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