MARCELA SERRANO LAS MUJERES Y EL DESAMOR Revista Quehacer No. 110. Lima, noviembre-diciembre de 1997, pp. 82-88 Marcela Serrano estuvo recientemente en Lima para la presentación de su última novela, El albergue de las mujeres tristes (Alfaguara 1997). Traducidas a varios idiomas y publicadas en países de América Latina y Europa, las obras de la novelista chilena hablan de un tiempo interno propio de las mujeres y de una percepción distinta de la realidad. En El albergue de las mujeres tristes, le pone nombre a la infelicidad de las mujeres, a la falta de amor y al miedo de los hombres frente a la autonomía femenina de este fin de siglo. En sus cuatro novelas, son las mujeres las que muestran su intimidad en una intensa y dramática búsqueda de mejores relaciones con los hombres. Quizá esa sea la explicación del éxito de Nosotras que nos queremos tanto (1991), Para que no me olvides (1993), Antigua vida mía (1995), y El albergue de las mujeres tristes (1997). Después de tres entrevistas y casi al mediodía, la esperanza de poder acercarme a Marcela Serrano más allá del compromiso periodístico con cita previa puntual, corría el riego de convertirse en una sucesión de preguntas y respuestas más o menos acertadas. Incluso, en un primer momento, el gesto de un disimulado cansancio de la novelista chilena, casi me hizo desistir. Pero los amores imposibles, la renuncia de las mujeres cada vez más notoria de encontrar en la pareja un espacio de comprensión y paridad, el miedo y la soledad, abrieron su propio camino. Marcela Serrano habla de su obra y de ella misma con un verbo apasionado capaz de convertir el sueño del amor en un acto cotidiano exento de artificios. Hay una cita de Shakespeare que dice: “el miedo torna a los querubines en demonios, transforma la realidad”. Aunque el miedo ha sido de alguna manera la raíz de la narrativa chilena después del golpe militar de 1973, en las dos novelas tuyas que he leído, Nosotras que nos queremos tanto y El albergue para mujeres tristes, siento que son otros demonios los que están presentes en las mujeres que buscan sus propias propuestas de identidad y la construcción de sus vidas. ¿Cómo los definirías tú? En el caso del albergue, lo que planteo es que las mujeres - las que yo llamo nuevas mujeres, aquellas que han salido al mundo y han peleado por espacios propios - están produciendo un gran miedo a los hombres. El miedo del hombre hacia la mujer es atávico porque nacieron de una mujer, fue una mujer la que les dio la primera seguridad, la que los nutrió en primera instancia, y, sin embargo, tuvieron que buscar su imagen en el padre, aunque la fuerza viniera de la madre. Pero como siempre se ha vivido en forma solapa ese miedo, nunca había sido un elemento que nos afectara tan directamente como ahora que las mujeres han empezado a exhibir el vestuario de ese miedo originando que los hombres nos amen cada vez menos. A las mujeres antiguas es fácil para los hombres quererlas, están en su lugar, en actitud pasiva y en el rol en el que ellos se sienten cómodos. Y, de pronto, a mitad de camino les
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