años se ubica en el cuarto de jugar, el colegio, y la cocinera que la sociedad española de entonces permitía. En el libro que mencionas, Madres e hijas, de Laura Freixas, ¿existe en los distintos relatos algo que los unifique, que sea común en ellos? No. Son relatos muy diferenciados. La verdad es que yo me lancé al libro con esta idea para ver si había algo en común, pero no encuentro uniformidad en la relación madre-hija. Tal vez porque hay varias edades en el libro, puesto que en personas de nuestra generación - yo soy de 1947 - sí existe esa comunidad en relaciones típicamente urbanas y de clase media en el marco de una generación de transición que nos ha tocado vivir y en la que debemos ocuparnos de los padres y de los hijos. Una generación con excesivas responsabilidades. También una generación que ha tenido que dejar un mundo de costumbres y restricciones para adoptar otro más libre, pero no necesariamente menos culposo. Todavía sentimos mucha culpa si no nos ocupamos suficientemente de los padres cuando lo requieren, o en determinados momentos críticos de los hijos. Somos una generación culpable porque hemos intentado desprendernos de algunas responsabilidades para tener otras, para ampliar un espacio interior, y esto tiene un enorme costo social. Al buscar un espacio en el que pudiéramos sentirnos más a gusto, o con mayor autonomía que nuestras madres, hemos rechazado de alguna manera su propio modelo. No hemos querido ser esas mujeres dependientes, pasivas, y en gran parte anuladas por los maridos aunque tenían una enorme fuerza en los hogares; porque también hemos rechazado eso. Hemos querido compartir esa fuerza en el hogar, hemos querido hacer otra cosa, y eso también nos ha hecho sentir culpables porque hacer los cambios culpabiliza. ¿Cuándo sentiste que lo que más querías era escribir? A una edad muy temprana que no la puedo fijar, y que está muy unida a lo que es mi percepción de la vida. En mi casa no hubo personas intelectuales; yo no he tenido esa casa llena de libros. Claro que había libros, pero no el ambiente cultural que te empuja a leer y escribir. Y, sin embargo, por lo que sea, desde que pude leer los libros me proporcionaron el espacio en el que me encontraba a salvo de la realidad, de la percepción de la realidad como algo incomprensible y hostil. Y en cuanto tuve un lápiz y un papel, me encontré escribiendo, imitando o recreándome en ese mundo que yo leía. ¿Tiene mucho juego la fantasía en tus relatos, o son más bien autobiográficos? No me interesa mucho contar mi vida, sino transformarla e inventarla. Una de las razones por las que empecé a escribir fue por inventar vidas ajenas que no podía conocer; y un camino para acercarse a esas vidas era inventarlas a mi modo y medida. Eso me ha mantenido en la literatura como algo muy sugestivo. Yo prefiero contar otras vidas porque la mía ya la tengo y la viviré lo mejor que pueda, aunque
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