Posteriormente, se abandonó la exigencia moral, porque el desarrollo personal era insuficiente como propuesta, y en consecuencia los teóricos del equilibrio plantearon una democracia como competencia entre elites con limitada participación popular. El modelo que pretende sustituirlo es la democracia participativa que se inició como consigna de los movimientos estudiantiles de la izquierda en la década del sesenta, y se difundió después entre la clase obrera en los setenta como resultado del creciente descontento ante la desigualdad social y económica. Se trata de un modelo que abarca más que la existencia de los partidos, su lógica competencia y elecciones periódicas, porque incluye la participación directa de la sociedad civil organizada. Apunta a la transformación de la estructura organizativa de la sociedad para convertirla en una sociedad donde no existan exclusiones de raza o sexo. Significa también, una propuesta y una forma de vida. “Si las personas, dice Held, saben que existen oportunidades para una participación efectiva en la toma de decisiones, es probable que crean que la participación merece la pena, y que, además, defiendan la idea de que las decisiones colectivas deban ser obligatorias. Por otro lado, si las personas son sistemáticamente marginadas y/o pobremente representadas, es probable que crean que rara vez se tomaran en serio sus opiniones y preferencias”9 Es decir, para que la democracia participativa se desarrolle, tiene que ser concebida y aceptada como un fenómeno que a la par que incluya cuestiones relativas al poder o la reforma del estado, asuma que la reestructuración de la sociedad civil es igualmente indispensable. Una reestructuración donde el principio de autonomía, que implica la capacidad de todos los seres humanos, hombres y mujeres a participar en la vida pública y forjarse como seres libres, posibilite la transformación interdependiente tanto del estado como de la sociedad civil. Las mujeres en América Latina A finales del siglo XX las mujeres latinoamericanas se enfrentan a una situación sumamente compleja, signada por elementos de cambio en contraposición con la continuidad de viejas herencias. La misma sociedad latinoamericana se mueve saturada de contradicciones. La profusa migración rural que marcó en la década del sesenta a todos los países de la región, ahora trasciende las fronteras nacionales en lo que se ha denominado: “migración de la miseria”. También se ha descrito esta época como la “era del nacionalismo”, porque es cada vez mayor el número de grupos que se movilizan y afirman su identidad”10. Tradición y modernidad en un contexto de empobrecimiento económico y crisis política. En todos los países de la región, las mujeres pertenecientes a zonas rurales tienen niveles de educación muy bajos, deficiente acceso a la salud y menos expectativas de vida. Lo mismo sucede con las mujeres de sectores marginales urbanos. Si en 1950, la quinta parte de la población económicamente activa estaba compuesta por mujeres, en la década del 90 una de cada tres personas en la fuerza de trabajo es mujer. Pero se trata de un trabajo en su mayoría informal, mal remunerado, apenas suficiente para sobrevivir. Según datos de la UNICEF de cada mil niños que nacen, 9 Held, ob. cit., p. 312. 10 Will Kymlicka. Ciudadanía multicultural. Barcelona. Paidos, 1996, p. 265.
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