en el contrato social y su relación con el poder que aún quedan por resolver. No quiere decir que una construcción histórica apunta hacia esa dirección, pero en todo caso, incluye al poder como tema de estudio9. Al respecto, cobra particular interés constatar que muchas mujeres que han accedido a puestos de dirección con las consabidas ventajas económicas, sociales y personales, “se convierten en pilares de los regímenes existentes, guardianas de la situación, las protectores más celosas del orden establecido”(Kristeva: 95-198) Pero lo que sí han modificado las mujeres con su lucha es que el espacio generador ya no es el único ámbito en el que se mueve y es percibida. Desde el debate que pretendió definir si la mujer tenía alma10, hasta fines del siglo XVIII, en que por primera vez apareció en Europa la diferenciación de sexos como una problemática implícita, transcurrieron trece siglos de oscurantismo. En el Siglo de las Luces la cuestión estuvo orientada hacia la influencia que tuvieron las reformas, cuando Diderot, Alembert y Holbach convirtieron en suya la causa femenina. Por ello, Voltaire criticaba que a pesar de que las mujeres habían demostrado ser capaces de gobernar en varias monarquías hereditarias de Europa, el hombre haya sido siempre señor de la mujer11. Mientras que en América Latina el yugo colonial español resguardó a la mujer circunscrita exclusivamente al ámbito doméstico, al espacio reproductor. En ese contexto, el matrimonio constituía la experiencia fundamental de la vida femenina, sea con un hombre o con Dios12. Lo cual no quiere decir que en ese período la condición de la mujer fuera sustancialmente diferente en Europa a pesar de la influencia de la Revolución Francesa, de los enciclopedistas y la reforma. En 1846, Jules Michelet, describe el matrimonio ideal basado en el sometimiento de la mujer. En su marido, dice, la mujer deposita su admiración, su vanidad, y ¡cuántos cuidados le brinda! “Veo, agrega, cómo, sin que él se dé cuenta, su compañera guarda para sí la parte más pequeña de la escasa comida, reservando para el hombre, que tiene que desempeñar un trabajo más duro, el alimento nutritivo que habrá de permitirle reponer sus fuerzas. El se acuesta, ella acuesta a los niños y vela. Trabaja hasta muy entrada la noche. Muy de mañana, mucho antes de que él abra los ojos, ella ya está de pie; todo esta listo: la comida caliente que él toma antes de salir y la que se lleva. El hombre se va con el corazón satisfecho”13. Al analizar los distintos procesos que ha seguido la evolución de la sociedad, resulta claro que necesitamos una historia que muestre la lucha de las mujeres y de los hombres por conseguir derechos y libertades personales en contra de la opresión y la exclusión. Una historia que borre el supuesto que las actividades que cumplieron las mujeres, al margen de la clase social a la que pertenecieran, hayan sido marginales y no tuvieron importancia histórica. Una historia donde los hombres y las 9 Existen varios estudios orientados al análisis del poder y la mujer. Por ejemplo en el período colonial hay un interesante libro de María Odila da Silva Dias, cotidianidad y poder en el siglo XX. 10 Recién en el siglo IV, en el Concilio de Macón, y por un estrecho margen se aprobó que la mujer sí tenía alma. 11 Voltaire. Diccionario Filosófico. Buenos Aires. Editorial Araujo, Tomo III, 1964, p. 184. 12 Johanna S.R. Mendelson. “The Femenine Press: the View of Women in the Colonial Journals of Spanish America, 1790-1810”, en Asunción Lavrin, Latin American Women. Ed. Westport CT. Greenwood, 1978, p. 198. 13 Jules Michelet. El Pueblo. México. Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 222.
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