En este marco, jugó un papel importante la religión. La confrontación entre ambas religiones conllevó una práctica violenta que los conquistadores utilizaron para imponer sus creencias. A diferencia de la sociedad andina y de muchos otros pueblos de la antigüedad que adoraron a la madre, diosa de la vida, y la celebraron con danzas y cantos de júbilo21, en el discurso católico de entonces, mundo, demonio y carne, constituían los enemigos del alma, entendiéndose carne como mujer. Este signo de culpa e inferioridad se impuso a través de un poder eclesiástico, dogmático e intolerante. Durante 250 años, el Tribunal del Santo Oficio (1570-1820) tuvo una decidida presencia en el Perú. Y, aunque no existen fuentes que indiquen el número de mujeres acusadas por la Inquisición de prácticas de hechicería, lo cierto es que desde la Bula de 1437, en la que el Papa Eugenio IV exhortaba a los inquisidores defender la doctrina cristiana de las brujas, y sobre todo a partir de 1484 cuando el Papa Inocente VIII aprobó la Bula "Summis Desiderantes” inspirada en el mandamiento bíblico: "a la hechicera no dejarás que viva", que incluía para lograr una pronta confesión un manual titulado Martillo de las brujas, miles de mujeres fueron condenadas tanto en Europa como en las colonias españolas. Lo cierto es que las "brujas", eran mujeres que a través del conocimiento de rituales y de las propiedades de ciertas hierbas lograron tener ascendiente como curanderas y hechiceras. Constituyen, en realidad, las primeras contestatarias de un sistema cerrado en el que era imposible abrirse un espacio racional en la práctica de una religión que, sin embargo, proclamaba la igualdad de los seres humanos. Cuando en 1558 se fundó en Lima el Convento de las Monjas de la Sagrada Encarnación, sólo se permitió el ingreso a las españolas de nacimiento o aquellas que podían probar su descendencia directa. Las mestizas podían entrar como sirvientas o acompañantes. Las indias de hecho estaban excluidas. ¿Hay mayor oprobio, Señor, clama Fray Calixto Túpac Inca, que en doscientos años y más, en toda esta dilatada Monarquía, no se ha fundado un monasterio de monjas indias y que los que para ellas se han erigido, se los hayan los españoles usurpado?22 Durante ese período la percepción que tuvieron las mujeres de sí mismas fue una creación de los hombres. Intelectuales, educadores y directores espirituales, le señalaron qué era lo propio y cuál el código del comportamiento "femenino" según un modelo de conducta y personalidad donde pureza, honor, sumisión y obediencia al hombre las apoyaba y redimía23. Las obras más leídas y que ejercieron una notable influencia en las mujeres durante los siglos XVI y XVII, fueron: Introducción de la mujer cristiana de Luis Vives24, y La perfecta casada de Fray Luis de León. La primera se publicó en 1524, y contenía una serie de recomendaciones basadas en la premisa de que “todo lo bueno y lo malo de este mundo, puede uno decir sin temor de equivocarse, proviene de las mujeres”. Mientras que La perfecta casada data de 1581, y es un manual dedicado a las esposas que fue reimpreso más de doce veces en los siguientes cincuenta años. 21 Jacobo Burckhardt. Del paganismo al cristianismo. México, 1945. 22 César Guardia Mayorga ¿Quién es don Felipe Guaman Poma de Ayala?. Lima. 1978, p. 27. 23 Fray Luis de León. La perfecta casada. México. Editorial Porrúa, 1970. 24 Juan Luis Vives. Introducción de la mujer cristiana. Buenos Aires. Editorial Espasa-Calpe, 1940
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