Voces y cantos de las mujeres

La educación destinada a las mujeres formaba parte del engranaje de una sociedad que las concebía como seres inferiores y subordinadas al hombre. Los límites impuestos provenían también de los códigos Siete Partidas, las Leyes de Toro, el Ordenamiento de Alcalá y las Ordenanzas de Castilla. En éstos se señalaba que las mujeres estaban bajo la patria potestad, es decir, sujetas a la voluntad paterna hasta la edad de veinticinco años. Para contraer matrimonio requerían del consentimiento paterno, y una vez casadas, quedaban bajo el amparo legal de su marido25. De esta manera, vivían bajo la protección de la legislación civil en lo que respecta a matrimonio y familia, y bajo la tutela de la Iglesia que ejercía esas funciones desde una perspectiva moral. Sus vidas personales y sociales oscilaban entre un extremo y otro, y es en las variaciones y complejidad de este movimiento pendular, que la mujer de las capas altas de la sociedad colonial se perfila como sujeto histórico a partir de su influencia en la vida cotidiana y su acceso a la educación. Distinta dimensión cobra el sujeto histórico en la población femenina indígena. Recluidas en sus comunidades, vejadas, violadas y humilladas por los conquistadores, la insurrección significó para estas mujeres la defensa de su cultura ancestral, de sus hijos y esposos que morían de hambre o fatiga en las minas y en el campo. En la más importante gesta de emancipación de América Latina del siglo XVIII, comandada por José Gabriel Condorcanqui Túpac Amaru y Micaela Bastidas, la presencia de las mujeres constituye el dato fundamental. Si bien el poder español no demuestra sorpresa ante la significativa participación femenina, anota que Micaela Bastidas era más valiente y audaz que el mismo Túpac Amaru26, y que era ella quien impartía las órdenes, dirigía los grupos armados y la que quiso sitiar al Cusco. En su crónica, Melchor Paz menciona que Micaela Bastidas se presentó con cinco mil hombres armados, y que aquellos que “conocen a ambos, aseguran que dicha Cacica es de un genio más intrépido y sangriento que el marido. Ella tuvo la mayor inteligencia en el suplicio del Corregidor Arriaga, y en medio de la flaqueza de su sexo, esforzaba las diligencias injustas de aquel homicidio, cargando en su misma mantilla las balas necesarias para la guardia. Suplía la falta de su marido cuando se ausentaba, disponiendo ella misma las expediciones hasta montar en un caballo con armas para reclutar gente en las provincias a cuyos pueblos dirigía repetidas órdenes con rara intrepidez y osadía autorizando los edictos con su firma"27. Efectivamente, Micaela Bastidas cumplió tareas políticas, militares, administrativas, y en Tungasuca asumió la jefatura interna del movimiento. Luego de la victoria contra los españoles en Sangarará, y mientras Túpac Amaru recorría varios pueblos en busca de apoyo, ella no solo lo urgió a marchar hacia el Cusco sino que posteriormente le comunicó su decisión de partir hacia esa ciudad al frente del ejército rebelde. El temple de esta extraordinaria mujer no disminuyó cuando el movimiento fue derrotado. Ante la noticia de que Túpac Amaru afrontaba un grave peligro, no vaciló en montar a caballo exclamando: "Estoy pronta a morir donde muriese mi esposo". Y así fue. El 22 de abril de 1781, Micaela fue apresada y sentenciada de muerte. Tenía aproximadamente 35 años. 25 Lavrin, ob. cit., p. 43. 26 Colección Documental de la Independencia del Perú. La rebelión de Túpac Amaru. Lima. Volumen II. 1971. 27 Ibídem, p. 5.

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