Hacia una nueva historia Recién en las últimas décadas se ha empezado a estudiar la condición de la mujer en la historia peruana; varios trabajos de investigación abrieron un espacio importante de reflexión, aún cuando todavía la versión antigua prevalece de modo predominante en el conjunto de la sociedad. Visión que se limita en el caso del Imperio Incaico a la mención de las Vírgenes del Sol, y de alguna que otra referencia secundaria. No obstante, la presencia de la mujer en la sociedad incaica presenta una realidad distinta, mucho más variada, a pesar de la dificultad que significa acudir a fuentes constituidas principalmente por las crónicas de los conquistadores españoles, que no conocían el idioma quechua, y tenían una percepción patriarcal y distorsionada del Imperio. Por ello, la reconstrucción de esta etapa sólo es posible si contamos con el apoyo de otras fuentes relativas al registro arqueológico, vida cotidiana, costumbres, creencias y mitos. También, con la valiosa información de cronistas de origen indio como Felipe Guaman Poma de Ayala, en su Primer Nueva Crónica y Buen Gobierno, del mestizo Inca Garcilaso de la Vega, en sus Comentarios Reales; y de cronistas hispanos con una concepción humanística como Fray Buenaventura Salinas y Cordova y Fray Bartolomé de las Casas. Pero en lo que se refiere a las sociedades preincaicas, el reto aún es mayor. Si bien existen investigaciones arqueológicas, antropológicas e históricas, orientadas a profundizar en el conocimiento de estas sociedades, son muy pocos los datos consignados respecto del papel que cumplieron las mujeres. De la cultura Chavin - que se desarrolló entre los siglos IX al II a. C. en la parte nor-central del Perú y que Julio C. Tello definió como la cultura matriz de la civilización andina – sólo se sabe que prevaleció el poder de una jerárquica casta guerrera y sacerdotal, donde la mujer ocupó una posición de total subordinación. Más referencias ofrece la cultura Mochica (siglos I y VII d. C.), tendientes a lograr una cierta aproximación a la situación de la mujer en este período. A través de su cerámica y de fardos funerarios descubiertos, es posible afirmar que su condición era equiparable a la de los siervos: ambos eran sacrificados a la muerte del señor al que pertenecían, y vestían ropas toscas y sin ningún adorno. En las Tumbas Reales del Señor de Sipán, yacen dos mujeres jóvenes sacrificadas, cuyos cuerpos apenas cubiertos con sayas largas y sin ningún adorno contrastan con el esplendor del atuendo guerrero. Una tercera mujer, reposa en la cabecera del sarcófago como eterna vigía del sueño de su señor. Es en la constitución y desarrollo del Imperio Incaico que las mujeres aparecen por primera vez en el ejercicio de funciones sociales. Los hermanos Ayar son los míticos personajes que explican el origen de los Incas: Ayar Manco, Ayar Auca, Ayar Cachi y Ayar Uchu, acompañados de Mama Occllo, Mama Wako, Mama Ipakura y Mama Rawa. Según la versión de Pedro Sarmiento de Gamboa, Ayar Manco, llamado también Manco Capac, inicia la dinastía con Mama Ocllo y su hijo Sinchi Roca; pero al llegar al Cusco, es Mama Wako quien reconoce la fertilidad de la zona y prosigue con Manco Capac a la conquista de otras tierras. Los cronistas la presentan como una mujer de extrema crueldad, que en una ocasión mató a un indio lo hizo pedazos y le arrancó el corazón con los dientes. Según Juan Santa Cruz Pachacutic, Mama Wako funda el Imperio con Manco Capac. Betanzos añade que era la esposa de Ayar Uchu; Guaman Poma de Ayala la sindica como madre de Manco Capac, y que era “una gran fingidora, hechicera y adultera,
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