A pesar del erotismo que expresa, era su virginidad la que afirmaba la fertilidad perpetua de la tierra. Innana era, pues, virgen, lo que no impedía que se enamore y cante himnos de amor y deseo. Pero es en el primer poema mítico conocido como la Epopeya de Gilgamesh, el famoso dios-rey de Erech que vivió aproximadamente a inicios del tercer milenio a.C., donde se revela la fuerza mítica femenina, erótica y materna a la vez. Dice la leyenda que debido a su extraordinaria resistencia, Gilgamesh llegó a entablar combate con seres sobrehumanos y bestias feroces en su búsqueda del secreto de la inmortalidad. Al no conseguirla empezó a oprimir al pueblo; Gilgamesh “no se detiene ante la doncella, la hija del guerrero, la esposa del noble”. Disgustados los dioses enviaron a “su doble”, el salvaje Enkidu que vivía en los bosques para que luche contra él. Una sacerdotisa del templo es la encargada de darle conocimiento y sabiduría: “despojóse de las ropas y él yació sobre ella. Le mostró al salvaje la tarea de una mujer mientras el amor de él la arrastraba”5. Después de copular con ella durante seis días y siete noches hasta saciarse, la sacerdotisa convertida en madre lo preparó pacientemente hasta conducirlo al encuentro con el héroe Gilgamesh. Hacia 5000 a. C., aproximadamente, se produjo el descubrimiento de la agricultura, uno de los más importantes y definitivos para el desarrollo de la humanidad. Permitió que los clanes familiares que se encontraban en constante movimiento en búsqueda de sustento se asentaran en los valles, se iniciara la construcción de las primeras ciudades, y que se produjera una profunda transformación en las relaciones de género y de parentesco. En esta etapa se consolidó la división del trabajo, según la cual los hombres se dedicaron a la caza y las mujeres a la recolección de frutos y plantas. Todo indica que se originó por las diferencias biológicas entre ambos sexos; incluso la historiadora Gerda Lerner formula la posibilidad de que la menstruación haya significado un obstáculo, por el efecto que tiene sobre los animales el olor a sangre6. Pero al cobrar mayor importancia la caza se acentuó la división del trabajo7; mientras los hombres realizaban tareas de carácter colectivo que requerían de la mutua cooperación y organización para enfrentarse a los grandes rebaños de animales, e inventaban herramientas y armas adquiriendo mayor conocimiento y poder, el trabajo de las mujeres fue por lo general individual, solitario y sin que apremie el esfuerzo de la comunidad8. Posteriormente, la práctica económica de la agricultura reforzó el control masculino. No sólo por la utilización de los excedentes, factor de desarrollo de la propiedad privada, sino también por el reparto desigual del tiempo libre. En tanto que las mujeres tenían, además del cumplimiento del trabajo en la tierra, que cuidar a los hijos y preparar la comida en forma permanente e ininterrumpida, los hombres disponían de un tiempo que sólo les pertenecía a ellos. 5 James B. Pritchard. “The Epic of Gilgamesh”, en Ancient Near Eastern Texts Relating to the Old Testament. Princeton. Princeton University Press, 1955, pp. 74-75. 6 Gerda Lerner. La creación del patriarcado. Barcelona. Editorial Crítica, 1990, p.73. 7 Jurgen Kuszinsky. Breve Historia de la Economía. México. Editorial Cultura Popular, 1976, p. 21. 8 Sally Slocum. “Woman the Gatherer”, en Rayna R. Reiter. Toward an Anthropology of Women. New York, Monthly Review Press, 1975, p. 20.
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