Voces y cantos de las mujeres

prominentes, que nos hablan de un período donde el culto a la fertilidad estuvo asociado a la Gran Madre venerada como el origen de la vida. Esta profunda devoción de las sociedades del paleolítico superior hacia poderosas diosas celebradas por hombres y mujeres, ha sido explicada porque la madre era considerada como la única progenitora en un contexto donde las difíciles condiciones de supervivencia le otorgaron un extraordinario poder sobre el niño. De sus cuidados y sustento dependía su vida, y cualquier negligencia significaba la muerte. En numerosos templos de las ciudades neolíticas más antiguas, Catal Hüyük y Hacilar, en Anatolia, que datan del sexto y octavo milenio a. C., la mayoría de las esculturas y pinturas rupestres sagradas representan a la Madre Diosa. Tal es la devoción que otorgaban al principio femenino, que es probable que entonces el concepto del Creador de toda la vida humana se haya formulado “de acuerdo a la imagen que tenía el clan de la mujer que había sido su antecesora más antigua y primitiva, y que esa imagen fuera deificada como la Ancestra Divina”2. Los primeros mitos sobre la creación coinciden con esta asociación. En las leyendas babilonias, el mar representado por la diosa Tiamat engendra con su consorte a los dioses y diosas; lo mismo en la mitología egipcia, la diosa Nun da a luz al dios sol Atum que crea después el universo; mientras que en la mitología griega, es Gaia, la diosa de la tierra quien procrea al dios del cielo Urano. Pero este poder que ejercieron las mujeres no quiere decir que los hombres hayan ocupado un lugar subordinado o de opresión. Estamos frente a sociedades donde tanto los hombres como las mujeres eran hijos de la Diosa, “al igual que eran hijos de las mujeres que encabezaban las familias y los clanes”. Ese decir, el poder femenino parece haber estado más cerca “a la responsabilidad y al amor que a la opresión, al privilegio y al temor”3. Por ello, el principio o divinidad femenina estuvo generalmente acompañado del principio masculino en los rituales. En la hierogamía o unión sagrada, que era un culto muy practicado en la antigüedad, el rey asumía el papel de dios mientras la suprema sacerdotisa representaba a la diosa (Innana en Sumeria). El ritual era una celebración a la energía porque aseguraba la fertilidad de la tierra, y también otorgaba larga vida al rey como esposo de la diosa. La importancia que tenía se refleja en la profusión de poemas y canciones que inspiró a lo largo de varios siglos. Algunos de los himnos que recoge el sumeriólogo Wolkste Kramer en su libro Innana: Queen of Heaven and Earth, permiten una aproximación a la solemnidad de esta ceremonia y al profundo contenido sensual de la unión. La sacerdotisa representando a la diosa Innana canta: Mi vulva, el cuerno, El bote al paraíso, Está lleno de ansias como la joven luna. Mi tierra sin labrar yace en un páramo. En cuanto a mí Innana, ¿Quién labrará mi vulva? ¿Quién labrará mi campo alto? ¿Quién labrará mi tierra húmeda?4 2 Merlin Stone. When God was a Woman. New York, Harcourt Brace Jovanovich, 1976, p 13. 3 R. Eisler. The Chalice and the Blade: Our History, Our Future. San Francisco. Harper & Row, 1987, p. 28. 4 Wolkste Kramer. Innana: Queen of Heaven and Earth. New York. Harper & Row, 1983, p. 37.

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