Las ganancias del intercambio generan una economía eficiente pues, dado que el intercambio es voluntario y que la gente reacciona a incentivos, no hay manera de reasignar los bienes (para mejorar a unos sin perjudicar a otros) que genere más bienestar que el que se deriva de dicho intercambio. La eficiencia entonces nos garantiza que a los recursos escasos se les está sacando el máximo provecho, que no hay desperdicio, que se está produciéndo la máxima cantidad posible de bienes y servicios. El significado de la eficiencia en la asignación de recursos se puede ilustrar con claridad en el siguiente recuadro, que contrasta un periodo de alta ineficiencia en la asignación de recursos con otro de alta eficiencia dentro del marco de la historia reciente del Perú. Recuadro 1.5 Productividad y eficiencia en el Perú contemporáneo La contratación de un costoso jugador no hace al equipo. Pizarro o Messi probablemente no sacarían al Sporting Huancayo del fondo de la tabla. Para estar arriba se requiere una buena gestión del equipo como un todo. En la economía pasa algo similar: no es una seguidilla de inversiones la que levanta al país, sino la calidad y la eficiencia en el manejo de todos los recursos, los nuevos y los que ya estaban. La historia económica lo comprueba. En las últimas décadas hemos vivido dos etapas con resultados dramáticamente diferentes. La primera duró veinte años, de 1970 a 1990, y en ese periodo se hizo un esfuerzo importante para desarrollar al país a través de la inversión en el marco de una economía intervencionista y estatista. En promedio, las nuevas inversiones alcanzaron el no despreciable nivel de 21% del producto nacional. Se llevaron a cabo ingentes inversiones de todo tipo, en fábricas, carreteras, energía, minas y negocios diversos, un gasto que sumó nada menos que un quinto de la riqueza nacional en todo ese periodo. Pero el resultado de todo ese sacrificio fue cero, incluso negativo, porque al final el país estaba más pobre que cuando se inició el periodo. Inversión tras inversión se fueron al agua. La segunda etapa empezó en 1990 y continúa aún. Nuevamente se han venido realizando importantes inversiones de todo tipo, que llegaron a representar la apreciable cifra de 20% del producto nacional. Sin embargo, esta vez, el resultado ha sido notablemente superior: el nivel de vida promedio de la población se ha elevado en 74% y la pobreza se ha reducido. Se ha logrado muchísimo más, invirtiendo incluso un poco menos. La diferencia ha sido que además de invertir, hemos elevado la productividad de todo lo que tenemos. Lo que cambió fue la manera de gestionar la economía como un todo, especialmente integrándonos al resto del mundo, cuidando más la estabilidad monetaria y dejando más margen de acción al productor privado. Algunos dirían que hemos pasado de una economía intervencionista a una neoliberal, pero los adjetivos no importan tanto como los resultados. 28
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