América Central, que han colocado la migración en la cima de su agenda política, el Estado peruano muestra poco interés por su población emigrante, la cual rara vez llega a los titulares de los medios de comunicación en el Perú. En efecto, el flujo de información entre el país y su población emigrante resulta sorprendentemente escaso, y salvo por los estimados recurrentes de las remesas de los emigrantes y su impacto sobre el desarrollo del país, la única noticia que aparece en los medios peruanos son los reportes ocasionales de emigrantes atrapados por la policía o las autoridades migratorias porque infringieron la ley o viajaron ilegalmente. En cambio, el hecho de que hoy en día la comida peruana se sirva en cientos de restaurantes de emigrantes, con lo cual se constituye como una cocina étnica importante en algunas de las principales ciudades del mundo, o que los íconos religiosos peruanos sean llevados a las principales calles de metrópolis como Nueva York, Miami, Milán, Barcelona y Buenos Aires por más de cincuenta hermandades católicas, solamente llega a la prensa en el Perú en sus ediciones dominicales159; sin embargo, todo ello parece captar muy poca atención de empresarios, políticos, reporteros, investigadores o líderes eclesiásticos. En otras palabras, la creciente emigración peruana aún no ha generado un nacionalismo de larga distancia (Glick Schiller & Fouron, 1999), ni tampoco ha desatado una conciencia diaspórica (Schnapper, 1999). En estas circunstancias, resulta pertinente preguntarse si la emergencia de una comunidad transnacional o de una conciencia diaspórica entre los peruanos es inminente. Una breve consideración de la historia migratoria del mundo moderno sugiere que no. Aunque millones de europeos, japoneses y chinos emigraron al Nuevo Mundo en el tardío siglo XIX y temprano siglo XX, estas emigraciones no pasaron a ser una cuestión importante para gobiernos anteriores o para los partidos políticos dominantes en ese entonces en Europa, Japón y China. Por supuesto que una diferencia fundamental entre los movimientos de población y otros procesos de globalización en el umbral del siglo XX y hoy es el desarrollo de nuevas tecnologías de transporte y comunicación (Smith, 2000). Al generar un sentido creciente de compresión del tiempo y el espacio, y una sensación de simultaneidad entre los emigrantes y sus paisanos en su lugar de origen, las modernas tecnologías han facilitado la creación de lazos transnacionales y la formación de una conciencia diaspórica en sociedades que son objeto de extensos movimientos migratorios. Además, y tal como varios estudios señalan, la creciente marginación y discriminación 283
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