tanto económicos como morales. Unas cuantas semanas después de su arribo, «la tía» le pidió a Andrea que asumiera algunas de sus obligaciones como empleada doméstica en casa de una mujer cubana en Miami, que le había prestado el dinero para pagar su viaje a Estados Unidos. En otras palabras, «la tía» la usó para pagar su propia deuda y escapar de la relación laboral que se había visto forzada a contraer al llegar a Miami157. Además, aunque «la tía» y la cubana le dijeron a Andrea que la ayudarían a legalizar su estatus en Estados Unidos, jamás cumplieron su promesa, y la deuda quedó cancelada solo cuando «la tía» murió. En efecto, ella quedó libre de sus obligaciones morales con la mujer y en condiciones de ofrecer su trabajo en otro lugar. Este repentino suceso le permitió a Andrea cambiar de posición en la cadena de arrastre y convertirse en una «jaladora» al ofrecerle un préstamo a Silvia, quien asumió el papel de recién llegada. Elena y «la tía» Elena, de veintiséis años, nació en Apurímac, pero emigró a Lima con sus padres cuando era niña. Su familia posteriormente se mudó al Callao, y tras terminar el colegio, ella comenzó a trabajar en uno de los hospitales de la ciudad. Sin embargo, al poco tiempo una de sus tías le ofreció ayudarla a emigrar. Esta mujer había estado actuando como «jaladora» no solo de sus propios hijos sino también de sus hermanos, hermanas, sobrinas y sobrinos desde que partió a Estados Unidos a finales de los años sesenta158. En efecto, durante muchos años ella ha logrado convertir el mecanismo de «arrastre» en un negocio organizado, pues les paga a puertorriqueños —que en Estados Unidos son residentes legales o ciudadanos de este país— para que contraigan matrimonio con sus parientes en el Perú y los inviten luego a Estados Unidos a través del programa de reunificación familiar. Fue así que en 1989 ella le pagó a una puertorriqueña para que fuera a Lima a casarse con uno de los hermanos de Elena. A su retorno, la mujer recién casada solicitó la reunificación familiar, y en unas cuantas semanas el hermano emigró a Estados Unidos y se estableció en Paterson como inmigrante legal. Una vez que consiguió su green card, se divorció de la puertorriqueña y comenzó a pagar su deuda con «la tía». En 1991, ella le pagó a otro puertorriqueño para que viajara a Lima a casarse con una de las sobrinas de Elena. Pero, como la sobrina cambió de parecer a último minuto y decidió permanecer en Lima, «la tía» envió una carta a la familia de Elena para pedirles que le encontraran un reemplazo. De este modo, 274
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