Peruanos en el mundo

Antes de casarse, Silvia trabajaba como mesera en un café en Ventura Mall. Como inmigrante indocumentada, su empleador le pagaba menos que el salario mínimo, pero como ella solamente hablaba unas cuantas palabras de inglés, no estaba al tanto de sus derechos laborales en Estados Unidos. Ella, por tanto, contrató a un abogado estadounidense para que la ayudara a conseguir la residencia legal. El hombre la animó a solicitar asilo político, pero le dijo que tendría que proporcionar evidencias que respaldaran tal pedido. En consecuencia, Silvia inventó por una historia que la presentaba como una refugiada política que había huido de Sarayka, su pueblo nativo, y que dejó el Perú después que el Ejército peruano y Sendero Luminoso la habían amenazado con matarla. Sobre esto, ella dice: La historia era cierta, excepto que era la de mi padre, no la mía. Él lideraba un grupo evangélico en Sarayka y fue perseguido por el Ejército y por los terroristas. Sin embargo, las autoridades de inmigración rechazaron el pedido. Según Silvia, el abogado no logró el objetivo porque redujo su historia a una breve versión que no contenía suficientes evidencias de persecución. Por tanto, ella considera que desperdició todo el dinero invertido. Posteriormente consultó a otro abogado, quien le dijo que la única forma de conseguir una green card era casándose con un ciudadano estadounidense. En consecuencia, Silvia comenzó a buscar esposo. En 1996, uno de sus compañeros de trabajo hispanos le presentó a Danny, quien trabajaba en el servicio de valet parking del Ventura Mall. La pareja decidió casarse poco después y vivir juntos por dos años, hasta que ella pudiera solicitar una visa de residencia permanente. A cambio de este servicio, ella aceptó pagarle 3500 dólares a Danny. Inmediatamente se mudaron a un departamento de tres habitaciones en la parte noreste de la ciudad, para parecer un matrimonio convencional. No obstante, aunque compartían la sala y la cocina, dormían en habitaciones separadas. Durante los primeros meses, la pareja tuvo problemas para comunicarse. Danny, que proviene del Medio Oeste, no sabía ni una sola palabra en español, y en ese entonces la competencia de Silvia en el inglés era todavía básica. Sin embargo, cuando la volví a ver en 1998, ella me dijo que sus habilidades comunicativas habían mejorado y que ella y su esposo habían llegado a conocerse mucho mejor; en realidad se conocían tan bien, que le preocupaba que Danny se hubiese enamorado de ella y que, por tanto, se rehusara a divorciarse cuando ella consiguiera la green card, tal como acordaron originalmente. Su preocupación se vio confirmada cuando la 271

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