minoría étnica e inmigrante, y que fortalezcan sus lazos con sus parientes en su país de origen. Sostengo, más bien, que la carencia de un estatus legal restringe seriamente el actuar de los inmigrantes y estorba su capacidad de planear y controlar su propia vida, tal como lo ilustra la historia migratoria de Silvia, descrita más adelante. En suma, la ilegalidad afecta la vida de los inmigrantes de muy distintos modos, según las circunstancias de su presencia en el país en el cual están residiendo. Tal como sugieren las historias migratorias de Andrea y Sonia, muchos peruanos inician su nueva vida migrante como inmigrantes indocumentados, puesto que ingresan a Estados Unidos, España, el Japón y la Argentina sin la documentación requerida. Algunos, sin embargo, logran convertir su estatus ilegal en legal, gracias a que se matriculan en un programa estudiantil, solicitan asilo político (como Avelino en este capítulo y Silvio en el capítulo 7), o encuentran empleo (como Goyo en el capítulo 7). Otros entran a su nuevo país de residencia como extranjeros legales, por ejemplo como turistas, pero se convierten en inmigrantes no autorizados porque se quedan en el país una vez vencida su visa (como Maritza en este capítulo, y Lizet y Cecilia en el capítulo 7). Además, no es raro que los peruanos asuman la identidad de otra persona para conseguir un permiso laboral o de residencia, y que vivan con el nombre de otra persona155, tal como lo muestra la experiencia migratoria de Adela. En 1985, Adela se casó con un estadounidense, solicitó una green card en la Embajada de Estados Unidos en Lima y emigró a California, donde se estableció con su esposo. En 1996, su hermana Myrtha viajó a Tijuana, México, y cruzó ilegalmente la frontera, escondiéndose en el carro de Adela y de su esposo, que fueron a recogerla. En Los Ángeles, Myrtha compró una green card falsificada y una tarjeta de seguro social a treinta dólares cada una. Los documentos de identificación fueron emitidos a nombre de Adela, pero llevaban la foto de Myrtha. Al respecto, ella dice: Los papeles están bien, siempre y cuando no mires detenidamente. Myrtha trabaja ahora en el Gran Cañón, en un restaurante para turistas. En 1998, Úrsula, su hija, también llegó a Tijuana. Ella también fue recibida por Adela y su esposo, quienes la llevaron a Los Ángeles. Al igual que Myrtha, Úrsula compró una green card falsificada poco después de su arribo. Sin embargo, a diferencia de los papeles de identidad de su madre, que eran duplicados de los de su hermana —una residente legal en Estados Unidos—, la tarjeta de Úrsula fue emitida a su nombre; es decir, como una 268
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