Peruanos en el mundo

tiempo después se casó con una nikkeijin peruana, lo que le dio el derecho a solicitar la residencia y el permiso laboral. Linda, entretanto, se separó de su esposo sansei unos cuantos años después de llegar al Japón, pero mientras él se abstenga de pedirle el divorcio, ella podrá renovar continuamente su permiso de residencia temporal en el país. Al respecto, Linda dice: Así es la vida. Era legal cuando llegué al Japón, y ahora podría volverme ilegal si mi esposo solicita el divorcio. Mi hermano fue primero ilegal, pero se hizo legal porque se casó con una nikkei. Cuando visité el Japón nuevamente en 2001, supe que Linda había retornado al Perú. En efecto, durante mi primera estadía en aquel país, ella me dijo que estaba cansada de vivir allá y que quería irse a Estados Unidos, donde tenía parientes en Paterson y Los Ángeles. Sin embargo, para poder solicitar una visa de turista para Estados Unidos, debía primero regresar al Perú. Ignoro si Linda alguna vez cumplió su objetivo. Pero lo que su historia migratoria sugiere, al igual que la de Roberto, es que muchos peruanos consideran la ilegalidad como un estado de ser que se encuentra inevitablemente ligado a la emigración, y que podría afectar su vida en cualquier momento y de muchas formas distintas. No obstante, a partir de los testimonios de Roberto y Linda resulta evidente que si bien su comprensión de las políticas migratorias del Primer Mundo y la racionalidad burocrática que coloca a los inmigrantes en las categorías de legal e ilegal resulta a menudo sumamente limitada, ellos son capaces de explotar los vacíos legales debido a las inconsistencias inherentes a esta distinción. Ambos no solamente vivieron en el Japón durante muchos años como inmigrantes no autorizados, sino que además diseñaron nuevas estrategias para llegar a destinos alternativos. Marta Marta, de cuarenta y ocho años, nació en Lima. Antes de emigrar vivía en La Perla, un distrito de clase media baja, con su hija de veinte años de edad, quien la ayudaba en un negocio de costura y venta de ropa de mujer. Marta sostiene haber criado sola a su hija sin el apoyo de su esposo, quien la abandonó hace muchos años. En el año 2000 decidió emigrar a Argentina, donde sus dos cuñadas trabajan como cuidadoras cama adentro de ancianos. Marta vendió las telas que había acumulado en su taller y usó el dinero para financiar el viaje, el cual la llevó primero a Bolivia y a Brasil. Finalmente ingresó a la Argentina con visa de turista, luego de 258

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