Peruanos en el mundo

Antonio lamentaba haber terminado como un obrero fabril en la «burbuja» económica japonesa junto a miles de nikkeijin y no como un oficinista, que era lo que el contratista le prometió. La práctica del enganche había cambiado poco desde la época en que su padre emigró al Perú hacía casi siete décadas. Hoy, Antonio se ha jubilado a los cuarenta y ocho años, luego de cinco distintos trabajos fabriles en Japón. Por ello, afirma, con amargura, que los empleadores quieren contratar a gente joven, de preferencia mujeres. A pesar de ello, no tiene intención alguna de regresar al Perú, pues sus hijos viven con él en Japón. Al respecto, señala: Mis hijos no se sienten japoneses como yo. Ellos fueron criados como peruanos. Para ellos, Japón no es su casa. Ellos no me entienden cuando les insisto en que son japoneses. Tal vez tienen razón. Después de todo, no nos sentimos bienvenidos acá. Inja Inja es de los llamados issei; es decir, un emigrante japonés de primera generación. Tiene ochenta y cuatro años y nació en Okinawa, una de las islas más meridionales del Japón. Sus padres, que tuvieron nueve hijos, fueron agricultores de muy poca fortuna. En 1925, su hermano mayor partió al Perú, seguido años más tarde por otros dos hermanos más y por una hermana. En 1935 llegó su turno y dejó Okinawa en un viaje que duraría un mes y medio y que lo llevó a Yokohama, Hawái, San Francisco y Panamá antes de desembarcar en el Callao, donde sus hermanos lo recibieron. A diferencia de muchos inmigrantes japoneses que llegaron al Perú como trabajadores contratados al comenzar el siglo, Inja arribó en calidad de hombre libre y poco después consiguió empleo en un periódico japonés en Lima. Sin embargo, el diario cerró cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Entonces, Inja abrió una tienda en el centro de Lima, lo que resultó un negocio rentable hasta que los peruanos la saquearon debido a los sentimientos antinipones. Él incluso estuvo cerca de ser deportado a Estados Unidos, pero fue escondido por sus vecinos cuando la policía llegó a buscarlo. Después de la guerra sus hermanos regresaron al Japón para buscar a sus esposas e hijos, que habían sido devueltos antes de que estallaran las hostilidades. Inja y su hermana, por su parte, permanecieron en el Perú. El negocio de Inja volvió a prosperar en la posguerra y en 1952 se casó con una mujer issei, también de Okinawa. Juntos tuvieron tres hijos 225

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