Peruanos en el mundo

clasificados como nisei; vale decir, emigrantes japoneses de segunda generación. En 1968, la pareja visitó el Japón y a sus parientes en Okinawa por vez primera desde su partida. Inja recuerda que al llegar a Tokio, su esposa quedó tan sorprendida que no pudo decir una palabra. En esa ciudad, Inja se encontró con sus hermanos que habían permanecido allí y llegó a conocer a sus sobrinos. Su esposa falleció dos semanas después de haber regresado al Perú, y lo dejó no solo con los tres hijos que tuvieron, sino también con los dos de ella y un sexto hijo que él tuvo fuera del matrimonio. En 1990, su hijo mayor, que tenía en ese entonces veinte años, se había formado como oficial de policía y había recibido un diploma de judo en el Perú, decidió irse al Japón. Al respecto, Inja dice: Mi hijo había esperado trabajar como vigilante, pero el único trabajo que pudo conseguir fue en las fábricas. Un año después, se fue su segundo hijo, que se había casado en el Perú con una sansei; en 1992 su hija también emigró al Japón con su esposo peruano. Ese mismo año Inja, su hermana y su cuñado también regresaron al Japón, y hoy en día toda la familia vive en Isesaki, al noreste de Tokio. Él encuentra que el Japón ha cambiado bastante desde que él emigró; y también el Perú: Cuando partí, Japón era pobre y el Perú era mucho más rico. La gente era muy amable en Lima y era seguro caminar por las calles. Pero ahora el Perú es más pobre, y he tenido que pelear con los ladrones que querían asaltarme en la calle. Sin embargo, Inja extraña al Perú, donde pasó más de cincuenta años. Por eso le gustaría regresar para vivir el resto de su vida: Acá en Japón todos trabajamos en las fábricas y nos sentimos distantes. En el Perú me sentía más en casa. De peruanos japoneses a japoneses peruanos A primera vista, las historias de la migración de Antonio e Inja parecerían ser sumamente distintas. El primero nació en el Perú y es hijo de inmigrantes japoneses; el segundo es un ciudadano japonés que emigró al Perú cuando joven. Sin embargo, un examen más detenido revela rasgos en común. Aunque Antonio e Inja fueron criados en dos partes distintas del mundo, ambos crecieron con la idea de que eran japoneses. En efecto, durante muchos años los dos emigrantes honraron los valores japoneses, soñaron con una vida futura en el Japón y se pensaron a sí mismos como 226

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx