Peruanos en el mundo

Posteriormente consiguió un empleo en una tienda de 7-Eleven, pero tuvo que renunciar debido a que había demasiados asaltos violentos. Hace cuatro años encontró trabajo limpiando mesas en un restaurante de comida rápida en el Ventura Mall, en Miami nororiental. Aunque a Livio y a toda su familia se les concedió la ciudadanía estadounidense, él aún no decide dónde vivir. Su esposa está actualmente en Lima, donde se gana la vida arrendando habitaciones en la casa que compraron en San Luis, y un departamento en San Borja. Entretanto, Livio y sus tres hijas viven en Miami. Dos de ellas estudian en la universidad y la otra trabaja. Cuando lo entrevisté en 1998, en el Ventura Mall me dijo: Estoy contento con mi vida en Estados Unidos y estoy agradecido a este país […] Mira, tú no tienes que trabajar tanto como yo porque eres un profesional. Si no, tendrías que trabajar como yo […] Me gusta vivir acá, pero mi esposa está en Lima y tal vez vaya allá a vivir cuando me retire. Voy a casa todos los años, aunque cuesta un montón de dinero. Siempre llevó un montón de regalos, los cuales doy a todos los que están necesitados. […] Tengo tres casas, una en Miami, una en Lima y otra en Chacapalca. Como ciudadano estadounidense puedo ir a cualquier lugar que quiera una vez que me jubile. Sin embargo, se lamenta de pertenecer a los estratos inferiores tanto en Estados Unidos como en el Perú, pero está conforme con su destino y se siente satisfecho con la vida que lleva porque es libre de ir donde quiera. En efecto, su red es de gran alcance: sus hijas viven en Florida; su esposa, en Lima, y él aún tiene parientes cercanos en Chacapalca. Para él, el hogar no es un lugar específico, sino que cambia de significado según sus necesidades y sus planes futuros. Silvia Me encontré con Silvia por vez primera en 1990. En ese entonces tenía veintitrés años y estaba viviendo con su familia en un pequeño departamento en San Luis, en Lima, y trabajaba como asistente en una clínica dental en San Isidro, una zona residencial de clase alta. Nacida en Sarayka, un pueblo remoto de Apurímac, Silvia fue criada con el quechua como lengua materna, y no aprendió español sino hasta cuando comenzó a ir a la escuela, a los seis años. Cuando cumplió dieciocho años, su padre las envío, a ella y a Andrea, su hermana mayor, a vivir con una de sus tías en Lima. Dos años más tarde, en 1986, cuando la violencia política alcanzó a Sarayka, los padres y hermanos menores tuvieron que huir y dejar la mayor parte de sus pertenencias en el pueblo. Para alivio de Silvia, 220

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