boletos en los ómnibus urbanos de la ciudad. A los dieciocho años consiguió su licencia de conducir, lo que le permitió ayudar a su padre, quien se ganaba la vida como chofer de colectivo. Unos cuantos años más tarde se casó con una mujer de Pichos, un pueblo cercano al suyo, que tiene grandes comunidades emigrantes tanto en Lima como en Miami. En los años sesenta, Livio, su esposa y sus tres hijos se mudaron a Moquegua, donde abrieron una pequeña tienda que vendía abarrotes a los trabajadores de la Southern Copper Corporation, una mina de propiedad estadounidense. Cuando la compañía despidió a un gran número de trabajadores a comienzos de la década de 1980, Livio y su esposa decidieron cerrar la tienda y mudarse a Lima, donde compraron una casa y se ganaban la vida vendiendo y comprando mercadería. Sin embargo, como el negocio no tenía mucho movimiento, decidieron irse a Florida, donde una de sus hijas estaba viviendo hacía varios años con su esposo. Así, en 1985 Livio y su mujer entraron a Estados Unidos con visas de turista y se quedaron luego de su vencimiento, y así se convirtieron en inmigrantes ilegales. Livio recuerda: Tuve suerte de conseguir una visa de turista. La obtuve gracias al negocio de mi esposa. Ellos [los funcionarios de la embajada estadounidense] pensaron que iba, no porque necesitaba trabajo, sino porque deseaba hacer turismo. Ya en Miami, su hija y yerno los ayudaron a encontrar un lugar para vivir. Un par de años más tarde, sus otras dos hijas los siguieron y también se establecieron en esa ciudad. Mientras que su esposa encontró trabajo inmediatamente como empleada de una familia estadounidense, Livio pasó varios meses desempleado. Al ser un inmigrante ilegal que solamente hablaba español, no sabía dónde o cómo buscar trabajo. Sobre esto recuerda: Solo daba vueltas preguntando a todo aquel que parecía hablar español dónde encontrar empleo. Me avergonzaba que mi esposa e hijas ganaran plata pero yo no. Luego de algún tiempo consiguió empleo como trabajador de construcción no calificado: Un día alguien me dijo que estaban buscando obreros de construcción, y cuando fui allá me preguntaron si podía comenzar al día siguiente. Dije que sí y al siguiente día trabajé diez horas. Ni siquiera pregunté por el salario. 219
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