amplios y externos, que los configuran, pero ellos a su vez influyen activamente sobre dichos procesos. Sugiere además que los cultos «consagran una tensión religiosa espacial persistente y fundamental» (1987, p. 10), la cual subyace a estos procesos y los anima. Para explicar esta resistencia y persistencia en el tiempo, Sallnow señala el impulso interno de los cultos regionales, lo cual «hace que sean más que meros integradores funcionales, o antítesis estructurales, de relaciones externas a ellos» (1987, p. 10). En efecto, añade que los cultos regionales «pueden redirigir y reconfigurar activamente aquellas relaciones a todo nivel, tanto interpersonal como internacional» (1987, p. 10). La odisea global del Señor de los Milagros muestra cómo el conflicto perpetuo entre su atractivo universal para todos los seres humanos y su origen particular regional y étnico permite a sus seguidores usar el ícono como un símbolo y para reclamar derechos legales a nombre de los inmigrantes, sin importar su origen, además de servir como un símbolo exclusivo de la identidad nacional de los peruanos. De otro lado, la imagen se encuentra identificada con un lugar particular del mundo: Lima. Esta tendencia hacia el particularismo predominaba, sobre todo, entre las hermandades del noreste de Estados Unidos, fundadas en las décadas de 1970 y 1980 por peruanos que eran devotos antes de emigrar, y que mantuvieron sus lazos con las hermandades en el Perú (Ruiz Baia, 1999). Muchos de estos emigrantes son de origen mestizo, fundamentalmente de las clases medias de Lima, que construyeron su nueva identidad como inmigrantes en Estados Unidos enfatizando su origen nacional. Por tanto, ellos consideran al Señor de los Milagros como emblema de la peruanidad, a la cual asocian con el estilo de vida urbano de Lima. Además, al vigorizar la interpretación histórica del ícono como el protector de los inermes y excluidos, y al invocar sus vínculos con la Iglesia católica, los migrantes realizan también una lectura más universal del Señor de los Milagros, lo que les permite llevar a otros grupos inmigrantes al culto. Esta tendencia está difundida entre las hermandades del sur y el oeste de Estados Unidos, así como en Europa meridional, Argentina, Chile y Japón, formadas por inmigrantes de las barriadas y las áreas rurales peruanas que dejaron el país en las décadas de 1980 y 1990, en un momento de crisis económica y política. Como muchos de ellos tenían poca experiencia como devotos antes de emigrar y aún continúan luchando por adaptarse a su nuevo país de residencia, usan a las hermandades como asociaciones voluntarias de inmigrantes para crear redes con la sociedad anfitriona y 207
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