Sara Beatriz Guardia 77 surcos, “tarea considerada como puramente femenina por darse a la tierra el mismo g nero”83. Las mujeres cuando caminaban, “iban torciendo el hilado (…); y en sus visitas sacaban la rueca del hilado e hilaban en buena conversaci n. Esto de ir hilando o torciendo por los caminos era de la gente común, mas las Pallas, cuando se visitaban unas a otras llevaban sus hilados y labores con sus criadas; y as las que iban a visitar como las visitadas estaban en su conversaci n ocupadas, por no estar ociosas”84. Según Garcilaso de la Vega la costumbre de visitarse llevando sus labores “la imitaron las espa olas en el Cuzco y la guardaron con mucha loa de ellas hasta la tiran a y guerra de Francisco Hernández Gir n…”85. En sus Comentarios Garcilaso destaca que la uni n entre las parejas constituy un simple acto sin ninguna connotaci n religiosa, y que se realizaba en una ceremonia pública que tena lugar cada a o o cada dos a os para las j venes entre 18 y 20 a os y los j venes a partir de los 24 a os. El acto era celebrado por el Inca y consista en unir las manos de ambos contrayentes y entregarlos a sus padres. Luego todos concurran a la casa del padre del novio donde se realizaba la fiesta que pod a prolongarse durante varios d as. Al parecer no se consultaba ni a los hombres ni a las mujeres respecto de sus preferencias, y exist a el servinacuy o matrimonio a prueba, mediante el cual era permitida la separaci n de la pareja. Se ala que era costumbre que los Incas se unan con su hermana mayor, legtima de padre y madre, para imitar al Sol y a la Luna que eran hermanos, y que esta práctica la estableci el primer Inca Manco Cápac y su mujer Mama Occllo. Los hijos de las esposas legtimas eran considerados de sangre sin mezcla, lo que tuvo entre los Incas una gran importancia. “Los hijos de las mancebas extranjeras eran tenidos por bastardos, y, aunque los respetaban como a hijos del Rey, no era con el acatamiento y adoraci n interior y exterior que a los legtimos en sangre, porque a stos los adoraban como a dioses y (a) aqu llos como a hombres”86. 83 Mar a Rostworowski. Ob. Cit., 1988, p. 9. 84 Garcilaso de la Vega. Ob. Ci., 1976. Tomo I. Libro Cuarto. Cap tulo XIII, pp. 192-193. 85 Francisco Hernández Gir n fue un militar espa ol que se rebel contra la corona. Fue decapitado en la Plaza Mayor de Lima el 7 de diciembre de 1554. 86 Garcilaso de la Vega,. Ob. Cit., 1976. Tomo I. Libro Cuarto. Cap tulo IX. pp. 186-187.
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx