Sara Beatriz Guardia 331 “Yo no concibo a la mujer abandonando el ritmo encantado de su vida y tornándose vocinglera, corre-calles y exaltada como uno de nuestro capituleros criollos. Es tanta mi devoci n por la armona, por la gracia de sus actitudes, que la prefiero cien veces frvola y loca que adoptando el ademán hierático y doctoral de la mujer letrada, abstra da en la contemplaci n de tremendos problemas cientficos. Y dicho esto, piense el lector como he de detestar a esas marimachos desgre adas, empe adas en la conquista de un derecho tan prosaico y vulgar como el voto. A todas las sufragistas me las imagino nurses hist ricas, a cuyos o dos ninguna voz caritativa deshoj jamás la flor de un requiebro”26. El suicidio de dos pobres mozos de hotel, le produce una honda consternaci n. Ingresa a esas vidas, “modestas, ignoradas e insignificantes”, donde tal vez un d a, “la fragancia de mujer elegante rompi la monoton a de las horas”. Aquella dama elegante, plácida y voluptuosa que incitaba con su presencia la prosa encendida, ante “gasas sutiles, encajes inveros miles, sedas mimosas o pieles acariciadoras”. Dama que pon a en “la estancia del hotel el par ntesis luminoso de su paso”, y dejaba “en sus almas y en sus carnes una desconocida impresi n de malestar y placer”. Seguramente, a “hurtadillas palparan la tibieza perfumada del lecho reci n abandonado por las carnes tentadoras, m rbidas y lechosas”27. La sensibilidad artstica está presente en las entrevistas a artistas que actuaron en el entonces elegante y concurrido Teatro Municipal. Le conmueve el drama de Sarah Bernard cuando le amputaron la pierna, debido a un accidente ocurrido mientras actuaba. Al referirse a uno de sus últimas actuaciones, el L›Aiglon, que Edmundo de Rostand escribiera para ella, dice que “la divina Sarah”: “Sexagenaria y todo, supo caracterizar a un muchacho de dieciocho a os e hizo sentir al público las hondas amarguras y desvelos del infortunado “aguilucho”, cuya vida se agostara en la atm sfera de intrigas de que le rodearan los cortesanos de Metternich y al influjo del nostálgico recuerdo de las glorias militares de su padre”28 Lo conmueve el suicidio de la poeta uruguaya Delmira Agustini, “llena de sentimiento y robusta de inspiraci n”, y sugiere que su esp ritu inquieto, y su 26 Mariátegui. “Las mujeres pacifistas”. Escritos Juveniles. Tomo II, p. 241. 27 Mariategui. “Glosario de las Cosas Cotidianas”. Escritos Juveniles. Tomo III. (La Prensa, 27 de febrero de 1916). Lima, 1991, p. 73. 28 Mariátegui. “El ocaso de una gloria”, Escritos Juveniles. Tomo II, pp. 42-43.
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