Sara Beatriz Guardia 295 a la indisolubilidad del matrimonio, y a la tirana del hombre. El C digo Civil sancionado por el Congreso e inspirado en la ortodoxia cat lica sostiene que ni la impotencia, locura o incapacidad mental que pudiera sobrevenir a uno de los c nyuges disuelve el matrimonio contrado. La mujer está obligada a vivir con el marido, a seguirle donde l considere conveniente residir, y no puede realizar ninguna acci n comercial ni presentarse en juicio alguno sin su autorizaci n. “Veamos el Perú, naci n tan cat lica en sus leyes y costumbres que merecera llamarse la sucursal de Roma y el futuro convento de Sudam rica. Aqu poseemos c digos donde se restringe la capacidad jurdica de las mujeres, sin disminuir la responsabilidad en la consumaci n de los delitos, no juzgándolas suficientes para beneficiar de la ley civil, pero declarándolas merecedoras de las mismas penas establecidas para los hombres. Al ocuparse del matrimonio, nuestro Código Civil es un Derecho Can nico, sancionado por el Congreso”31. Esa Iglesia que venera a Mar a desprecia a las mujeres, sentencia González Prada, no por efecto del credo religioso sino porque está conformada por un clero mis gino que no ocult su hostilidad contra las mujeres. En el Tratado sobre la creación del Hombre, de Gregorio de Nisa, y en De gens contra Manichaeos, de San Agustn, la mujer aparece como culpable de todos los males debido a su cada espiritual. Reci n en el siglo IV, en el Concilio de Mac n, y por un estrechsimo margen, se aprob que la mujer tena alma32. S lo as es posible comprender sentencias como la de San Cipriano: “La mujer es el instrumento del diablo para poseer nuestras almas”33, y la exhortaci n del Obispo y Cardenal Pedro Damiani: “Hablo tambi n a vosotras, ¡oh tesoro de los cl rigos, carnadas del diablo, resaca del paraso, veneno de los espritus, espadas de las almas, leche de loba para los que beben, veneno para los que comen, fuentes de pecado, causas de la perdici n. A vosotras, a vosotras hablo, casas del placer del viejo enemigo, teruteros, lechuzas, búhos, lobas, sanguijuelas que siempre desean a varios. ¡Venid pues y escuchad, rameras y amantes!”34. 31 González Prada. “Las esclavas de la iglesia” (1904). Ob. Cit., p. 238. 32 Sara Beatriz Guardia. Mujeres peruanas. El otro lado de la historia. Lima, 2002, p. 100. 33 Mart n de Lucenay. Las leyes y el sexo. Madrid, 1957, p. 14. 34 Frank Griese. Herejías católicas, p. 27.
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