Sara Beatriz Guardia 293 y poderosos”23, y la caridad de las mujeres devotas es hueca, porque a menudo olvidan que una persona devorada “por hambre no pide oraciones sino pan”. Esta doble moral tambi n se revela cuando las esposas siguen a sus maridos sin cuestionar ni desaprobar conductas inapropiadas o deshonestas. Por regla general, escribe González Prada, las mujeres profesan una religi n epid rmica, elástica y acomodaticia que las permite casarse con un protestante o jud o para en seguida jugar al escondite y la gallina ciega con un fraile catalán o un monse or italiano: “Si no, ¿qu honrada y escrupulosa matrona se apart de su marido al conocer sus estafas y venalidades? Todas comen tranquilamente el pan arrebatado a la boca de algún infeliz, todas lucen impávidamente las sedas compradas con el oro sustra do a la Caja fiscal. La moralidad requiere más elevaci n de alma que la religiosidad, as mientras en los hombres de gran cultura florece una moral sin religi n, en las mujeres y en los hombres incultos abunda una religi n sin moral. Todo lo dicho no impide que en las hermandades o cofradas de mujeres haya personas honorables y sinceras, acreedoras al respeto y la veneraci n, suficientemente an micas de cerebro para seguir con buen xito la profesi n de santas”24. Solo una educaci n laica, abierta a la investigaci n y a la ciencia, y no supeditada a los dogmas puede salvar a las mujeres, sometidas al oscurantismo, a la vanidad y a la falta de conocimientos, “una se orita, con diploma de tercer grado, sabe de geograf a lo suficiente para ignorar si a Calcuta se va por mar o por tierra, y conoce de idiomas lo indispensable para chapurrar un franc s de Gascogne o balbucir un ingl s del Canadá”25. ¿Qu educaci n pueden entonces impartir estas mujeres al ser madres? Y, además, ¿Qu pueden ense ar las monjas a sus alumnas de maternidad y amor? Mientras que los hombres, educados “en el esp ritu de hostilidad que la Iglesia fomenta contra la mujer” están más dispuestos a ser tiranos que padres y maridos y libertinos como hombres: “En todo buen disc pulo de la educaci n sacerdotal, si no hay un mis gino, se encierra un prudoniano que s lo admite dos rangos en la mujer: cortesana o ama de llaves”26. 23 González Prada. “Nuestros conservadores” (1902). Ob. Cit., p. 264. 24 Ib dem, p. 266. 25 Manuel González Prada. “Instrucci n cat lica” (1892). Ob. Cit., p. 72. 26 Ib dem, p. 80.
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