Mujeres peruanas : el otro lado de la historia

Sara Beatriz Guardia 253 La novela se presenta as como un espejo realista de la vida con la intenci n de conservar la memoria, pero sobre todo como reformadora de las injusticias y vicios de un pueblo, porque tiene la capacidad de “ejercer mayor influjo en la morigeraci n de las costumbres”: “¿Qui n sabe si despu s de doblar la última página de este libro se conocerá la importancia de observar atentamente el personal de las autoridades, as eclesiásticas como civiles, que vayan a regir los destinos de los que viven en las apartadas poblaciones del interior del Perú”?27. Y para que su voz sea reconocida y creda, enfatiza que es la voz de quien ama y de quien como testigo del oprobio se erige en defensora: “Amo con amor de ternura a la raza indgena, por lo mismo que he observado de cerca sus costumbres, encantadoras por su sencillez, y la abyecci n a que someten esa raza aquellos mandones de villorrio, que, si varan de nombre, no degeneran siquiera del ep teto de tiranos. No otra cosa son, en lo general, los curas, gobernadores, caciques y alcaldes”28. En el primer cap tulo, se describen los espacios donde transcurre la novela, el imaginario pueblo de la regi n andina, Killac, con su plaza, calles, y templos. Aqu llega una joven pareja, Fernando y Luc a Mar n por razones de trabajo. Pronto se enfrentan a una realidad signada por el maltrato y explotaci n al que son sometidos los indios, personificados por la familia Yupanqui, compuesta por Juan, Marcela y sus dos hijas, Margarita y Rosal a. Los “notables” del pueblo son personas abusivas, ladrones, inmorales, como el juez Hilari n Verdejo, el cura Pascual Vargas sucesor del obispo Pedro Miranda, y el gobernador, Sebastián Pancorbo. Poco despu s, Marcela Yupanqui, descrita como una mujer de unos treinta a os acude a casa de Luc a Mar n en busca de apoyo: “En nombre de la Virgen, señoracha, ampara el da de hoy a toda una familia desgraciada”, clama desesperada, y le cuenta que su marido Juan Yupanqui, no tiene dinero para pagar la multa de ocho reales por la falla, dinero que se le impona al indio por cada da que no prestaba servicio comunal de los cuarenta que anualmente le eran obligatorios. Las lágrimas y la angustia de Marcela sorprenden a Lucia “pues residiendo pocos meses en el pueblito ignoraba el drama que viv an los ind genas”: 27 Ib dem. 28 Ib dem, pp. 3-4.

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