Mujeres peruanas : el otro lado de la historia

Sara Beatriz Guardia 237 mirada. ¡Cuánto orgullo! ¡cuánto atrevimiento! ¡cuánta penetraci n! ¡con qu ascendiente irresistible impona el respeto, arrastraba las voluntades y cautivaba la admiraci n!”20. 22 A Flora Tristán le sorprende verla ataviada con un vestido ligero y elegante, que contrastaba “con la austera dignidad de su mirada y la gravedad de su persona”. El vestido era “de gros de la India color ave del paraso bordado de seda blanca, ricas medias de seda rosa y zapatos de raso blanco. Un gran chal de cresp n de China punz , bordado de blanco, el más lindo que he visto en Lima, caa negligentemente sobre sus hombros”. Al advertir la manera en que era examinada, Francisca Zubiaga le dice que esos vestidos le pertenecen a su hermana y que los ten a puestos para darle gusto a ella y a su madre. “Esas buenas gentes se imaginan que mi fortuna podrá rehacerse si yo consiento en usar vestidos llegados de Europa. Cediendo a sus instancias me he puesto este traje en el cual me siento molesta, esas medias que son fr as para mis piernas, ese gran chal que temo quemar o ensuciar con la ceniza de mi cigarro. Me gustan los vestidos c modos para montar a caballo, soportar las fatigas de una campa a y visitar los campamentos, los cuarteles y las naves peruanas. Son los únicos que me convienen. Desde hace mucho tiempo recorro el Perú en todas direcciones, vestida con un largo pantal n de tosco pa o fabricado en el Cuzco, mi ciudad natal, con una amplia chaqueta del mismo pa o, bordada de oro y con botas con espuelas de oro. Me gusta el oro. Es el mejor adorno de un peruano, es el metal precioso al que mi pa s debe su reputaci n. Tengo tambi n una gran capa un poco pesada, pero muy abrigadora. Fue de mi padre y me ha sido muy útil en medio de las nieves de nuestras monta as”21.23 Con expresin sombra, la Mariscala le confiesa el dolor, las humillaciones “¡oh! las sangrientas humillaciones que he debido soportar... He rogado, adulado, mentido. He empleado todo. No he retrocedido ante nada... y, sin embargo, no ha sido suficiente... Cre haber vencido, llegado por fin al t rmino en que deb a recoger el fruto de ocho a os de tormentos, de trabajos, de sacrificios, cuando por un golpe infernal, me veo arrojada, perdida, ¡perdida, Florita...! No regresar 20 Flora Tristán, Peregrinaciones de una paria. Lima, 1971, p. 536. 21 Ib dem, p. 537

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx