Mujeres peruanas. El otro lado de la historia 230 de Cristo, virginales y castas, dignas del amor divino, y miraba de manera expresa a Dominga, que no parec a entender el mensaje. Porque do a Mar a Magdalena y su hermano hab an coincidido en que la mejor defensa del honor de la familia, era que Dominga ingresase al monasterio de Santa Teresa de la Orden de las Carmelitas Descalzas; y para que se vaya preparando le dej un libro, “Santa Teresa de vila, fundadora de las Carmelitas Descalzas”. Dominga Guti rrez de Cosso entr al convento en 1821, a los 14 a os, y tom el nombre de Dominga Beatriz del Coraz n de Jesús. Permaneci en clausura diez a os de intenso sufrimiento, hasta que la noche del 6 de marzo de 1831 se fug del monasterio apoyada por Antonia Pastor y Mar a Arias, quienes vistieron el cadáver de una mujer con el hábito de Dominga, y le prendieron fuego. El cadáver carbonizado fue enterrado al d a siguiente creyendo que se trataba de Dominga Guti rrez. Poco despu s la evasi n de la monja fue descubierta y estall el escándalo. Su madre, Do a Mara Magdalena, exclam : ¡Prefiero verla muerta! ¡Ha deshonrado a nuestra familia!. A la irritada reacci n de las autoridades eclesiásticas frente a la fuga, siguieron las batallas ideol gicas y legales entre los fueros civil y eclesiástico; y la estigmatizaci n de Dominga por la sociedad arequipe a al haber obtenido la libertad perdiendo su honor y gracia 6. 76. Ante la renuencia de Dominga de regresar al convento, el obispo Goyeneche la confin en la casa de sus t os Jos Menault y Do a Manuela Coss o y Urbica n, y el 10 de marzo de 1831, tres d as despu s de la fuga, inici un juicio de apostasa contra ella; es decir, un juicio por rebelarse contra Dios, contra Su Verdad. Finalmente Roma tuvo que intervenir para resolver el litigio ordenando la secularizaci n de la monja, que apartada de todos continu viviendo en Arequipa. En la naciente república no exist an antecedentes de un conflicto entre el poder eclesiástico y el poder judicial. El hecho conmovi a la poblaci n que viv a en la seguridad que los conventos eran lugares de recogimiento donde las monjas viv an felices orando. ¿Qu otro sentimiento sino la desesperaci n poda haber impulsado a Dominga Guti rrez?. Para ejecutar su plan tuvo que conseguir el cadáver de una mujer joven, introducirlo en un convento protegido, vestirlo con sus hábitos y despu s prenderle fuego y huir. 6 Armando Guevara Gil. “Entre la libertad y los votos perpetuos: el caso de la Dominga Guti rrez (Arequipa, 1831)”. Legal interpretation takes place in a field of pain and death. Robert Cover, 1986.
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