Mujeres peruanas : el otro lado de la historia

Sara Beatriz Guardia 229 Poco despu s Francisca Zubiaga fue apresada y exilada a Chile. En el perfil psicol gico que le hiciera Juan B. Lastres destaca el carácter turbulento y temerario que despert la admiraci n pero tambi n el odio. “Su ambici n, dice Lastres, era inextinguible. Tuvo a sus pies a toda una naci n, a todo un pueblo; pueblo y naci n que estaban orgullosos de haberse sacudido, hac a muy poco, del yugo espa ol. Sinti las caricias de la adulaci n y del servilismo, flores con que los mediocres obsequian a sus amos”5.6 Dominga Guti rrez de Cossío. Una monja en la naciente República del Perú* Dominga Gutirrez de Cosso, naci en Arequipa en 1807, hija de Reymundo Guti rrez de Otero, caballero de la orden del Glorioso Ap stol Santiago, y de Mara Magdalena de Cosso y Urbican, pertenecientes a familias acaudaladas de Arequipa de fines del siglo XVIII e inicios del XIX. Dominga ten a cinco a os cuando muri su padre, probablemente la persona que más cerca tuvo. Esa fra noche del 9 de diciembre de 1812, empezaron los a os de soledad, porque aunque ten a a sus hermanos, por alguna raz n desconocida su madre no le prestaba atenci n, y hasta se podr a decir que no la quer a. Tambi n cont con dos criadas que permanecieron con ella, Antonia Pastor y Mar a Arias. A los trece a os, Dominga ya pod a salir con Antonia y sus hermanas a la casa de su profesora inglesa, para asistir a las lecciones de labores, dibujo, urbanidad y poesa. Precisamente durante esos primeros d as de enero de 1821, ocurri la mayor desgracia en su vida. Caminaba con Antonia hacia la Plaza de Armas cuando de pronto se acerc un hombre. No solo las acompa hasta la casa, sino que all le pidi permiso a do a Mar a Magdalena para visitar a su hija. Despu s de algunas semanas de continuas visitas, la pidi en matrimonio. La madre acept pero puso como condici n que esperara que Dominga cumpliera 14 a os. Poco despu s, estall el escandalo, el novio de Dominga se cas con una mujer viuda con hijos y mucho dinero. Pronto supo que no solo era la novia abandonada, sino que hab a deshonrado a su familia. Su to, el sacerdote Mateo Joaqun Cosso, vena con más frecuencia y le impon a rezos; tambi n alababa a las monjas, a esas mujeres esposas 5 Cornejo Buroncle. “Francisca Zubiaga”. Ob. Cit., p. 70.

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