Mujeres peruanas. El otro lado de la historia 194 poder colonial, resultaba intolerable que una mujer se impusiera como ella lo hizo. En varios documentos se refieren a ella con hostilidad y Melchor Paz dice que, “aquellos que conocen a ambos, aseguran que dicha Cacica es de un genio más intr pido y sangriento que el marido. (...) Supl a la falta de su marido cuando se ausentaba, disponiendo ella misma las expediciones hasta montar en un caballo con armas para reclutar gente en las provincias a cuyos pueblos diriga repetidas rdenes con rara intrepidez y osada autorizando los edictos con su firma”92. El 22 abril Micaela Bastidas se enfrent al Juez Benito de la Mata Linares, quien vali ndose de enga os intent la delaci n de otros sublevados. Pero ella evade respuestas comprometedoras, niega cargos, no delata a nadie y no se contradice; incluso protegi a los sacerdotes Antonio L pez de Sosa e Ildefonso Bejarano, que fueron desterrados y encerrados en el convento de San Francisco de Cádiz. No se quiebra en presencia de Túpac Amaru cuando ambos tienen que comparecer juntos. No existen lamentos ni súplicas. Ella sabe que ha llegado el final. Poco despu s el Visitador Areche dict sentencia, testimonio de la importancia que tuvo Micaela Bastidas en la insurrecci n: “Por complicidad en la Rebeli n premeditada y ejecutada por Túpac Amaru, auxiliándolo en cuanto ha podido, dando las rdenes más vigorosas y fuertes, para juntar gente, con destino de enviarla a ste y a sus demás capitanes que sostenan sus viles ideas, invadiendo las provincias para sujetarlas a su obediencia, condenando al último suplicio al que no obedeca las rdenes suyas o de su marido, siendo causa de muchas muertes, de las que se gloriaba cuando ten a noticia, cuya alegr a demostraba públicamente, siempre que le ven a aviso de alguna acci n favorable; esforzando y animando a los indios, dando bastones de Coroneles a los que crea más adictos; hablando con horror de los espa oles, y con expresiones que imprimiesen mayor odio a los naturales, ofreci ndoles que s lo pagaran tributo pero no otro derecho alguno, gozando de la propia libertad que gozaban en tiempo de su idolatr a, profiriendo en sus conversaciones palabras que denotaban que aspiraba a reinar; haci ndose por este motivo obedecer con más rigor que su marido, despreciando las sagradas armas 92 Antologa de la Independencia del Perú. Comisi n Nacional del Sesquicentenario de la Independencia el Perú. Lima, 1972, p. 5.
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