Mujeres peruanas : el otro lado de la historia

Mujeres peruanas. El otro lado de la historia 144 “se quej de ello al gobernador, diciendo que sent a más aquel desacato que su prisi n ni cuantos desastres le haban venido, aunque se le siguiese la muerte con ellos, que un indio tan bajo le tuviese en tan poco y le hiciese tan gran afrenta, sabiendo l la ley que en aquella tierra hab a en semejante delito”32. Garcilaso pone nfasis en el carácter sagrado de las mujeres destinadas al Inca, y que no eran entregadas ni siquiera a los mejores capitanes y curacas, porque una vez dedicadas al Inca era profanar lo sagrado. La escogida que perda la virginidad era enterrada viva y el c mplice ahorcado. Castigo menor frente al delito que significaba violar a una mujer dedicada al Sol. Destruan la casa del culpable, y su ganado; derribaban “el pueblo y lo sembraban de piedra; y como patria y madre que tan mal hijo hab a parido y criado, quedaba desierta y asolada, y el sitio maldito y descomulgado, para que nadie lo hollase, ni aun los ganados”33. Esta era la ley, escribe Garcilaso, pero nunca fue ejecutada porque jamás alguien la transgredi . Las concubinas del Inca pasaban al servicio de la Coya donde permanecan hasta que al envejecer regresaban a su tierra donde se le proporcionaba casa y se las serv a con veneraci n, “porque era grand sima honra de toda su naci n tener consigo una mujer del Incar”34. Existe en el discurso de Garcilaso un tono moralizador cuando reitera la virginidad perpetua de las mujeres destinadas al Sol y al Inca. Remarca que la mayor a de las mujeres, “viv an en recogimiento y honestidad, con voto de virginidad, aunque no de clausura; porque no dejaban de salir a visitar las parientas más cercanas en sus enfermedades y partos”, y que eran “tenidas en grandsima veneraci n por su castidad y limpieza y por excelencia y deidad las llamaban Ocllo (…) “Yo alcanc a conocer una de stas en su última vejez que no se había casado: llamábanla Ocllo, algunas veces visitaba a mi madre y, según entend , era su t a, hermana de sus abuelos. Ten an la en la veneraci n que hemos dicho, porque donde quiera le daban el primer lugar, y soy 32 Ib dem, Tomo I. Libro Cuarto. Cap tulo IV. pp. 180-181. 33 Ib dem, Tomo I. Libro Cuarto. Cap tulo III. p. 179. 34 Ib dem, Tomo I. Libro Cuarto. Cap tulo IV. p. 181.

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