Micaela Bastidas

86 Otro aspecto a discutir es el énfasis que pone Hernández Matos en señalar la dulzura de Micaela Bastidas. Consideramos que su obra tiene el propósito de deshacer la imagen de “¿ereza” atribuida a la mestiza, de que ya tratamos, algo que Boleslao Lewin ya había cuestionado en su libro: No puedo dar por con¿rmado lo que deponen algunos testigos acerca de que la energía y ‘ferocidad’ de la esposa eran mayores que las de Túpac Amaru. Lo que Àuye de los documentos en forma indubitable es que, en materia de dirección del movimiento rebelde, Micaela Bastidas no se quedaba atrás de su marido. Por el contrario, toda la vida compleja de la retaguardia indígena estaba a su cargo. Y no sólo esto: la esposa del jefe rebelde fue su lugarteniente más inmediato y, a veces, su inspiradora65. (subrayado es mío) En esta línea Matos Hernández deshace la idea de Micaela como una mujer cruel y la reconstruye como dulce pero ¿rme, un personaje complejo cuyo proceso de maturación la obra acompaña, de joven romántica e idealista, ardorosa defensora de la libertad del pueblo indio, hasta la mujer decidida que se propone a seguir el marido en todos los trances de la vida, hasta la muerte, ya que así lo había jurado en su matrimonio. Con educación esmerada, su móvil es la providencia, la delegación divina. En sus charlas con el marido, a quien el autor describe como “entusiasta y atufado también y sus actos eran alocados y de nada sabía Micaela”66, ella aconseja: “Un momento, Pepe (...) nada de arrebatos”67. Y el narrador comenta la escena: “Como puede notarse, está ahí la mujer cautelosa, serena y segura, de clara visión de las cosas, capaz de conducir a los grandes capitanes del pasado a cumbres de gloria”68. 65 Lewis, 1999, p. 32. 66 Hernández Matos, 1981, p. 107. 67 Ibídem, p. 108. 68 Ibídem, p. 129. Cláudia Luna

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