76 Sin embargo, el estudio me parece oportuno porque trae como subtexto las reÀexiones de Michel de Foucault, en su obra Vigilar y punir, donde analiza los mecanismos del suplicio en las sociedades europeas hasta ¿nes del siglo XVIII. Sería tentador pensar en la condena y ejecución de Micaela como vinculadas a una cacería de brujas. Aunque se debe recordar que en este periodo la Inquisición ya estaba en ocaso en Latinoamérica en términos de prisiones y castigos a las mujeres. Eso no impide que se haga uso de la prohibición para que circule la obra de Garcilaso de la Vega y de la quema en plaza pública de los ejemplares de los Comentarios Reales, tras los sucesos de 1781, porque la obra pudo haber servido de inÀuencia a los insurgentes. La punición ejemplar está enunciada en la sentencia: que sea sacada de este cuartel, donde se halla presa, arrastrada con una soga de esparto al cuello, atados pies y manos, con voz de pregonero que publique su delito, siendo llevada en esta forma al lugar del suplicio, donde se halla un tabladillo, en que por su sexo y consultado la decencia, se la sentará y ajustará al garrote, cortándosela allí la lengua, e inmediatamente se la hará morir con el instrumento; lo que veri¿cado se la colgará en la horca, sin que de allí la quite, hasta que se mande, persona alguna46. El escarmiento y el horror estaban previstos en el modelo jurídico de ese tiempo, en el padrón del Absolutismo, en el que el cuerpo de la patria era el cuerpo del Rey. Percíbase que José de Palacios, Escribano del Rey, testimonia que “el día de hoy se ha ejecutado en la persona de Micaela (…) la sentencia que antecede”. Se cumplen con ¿delidad todas las etapas, en que el escenario de la ejecución incrementa el del crimen. Donde el crimen es expuesto en un pregón y el sufrimiento forma parte del rito: el cuerpo que sufre, el cuerpo que es destruido, el larguísimo tiempo del ritual (se dice que duró todo el día), la presencia del público, el espacio de la plaza central, la audiencia, la presencia de los ejércitos. Hay que humillar el reo como forma de desagravio a la ¿gura del Rey que ha sido ultrajado por el más grande crimen: el de lesa majestad. Por eso el castigo debe ser ejemplar, aterrorizante, con una violencia desmedida, más allá de la imaginación: uno de los datos más 46 Durand Flores, 1975, p. 736-737. Cláudia Luna
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